El tiempo, convirtiendo la experiencia en años, está doblegando la vitalidad del cantor de Barbacoas. Ya no es él mismo, su claridad de pensamiento se pierde, lo siente la tonada, se lamenta el pasaje, se resiente el humor, lo sabe la paraulata y lo repite la sabana. No sabemos qué pueda suceder con ese arte de cantarle a las cosas simples y hermosas de la vida, después de Simón. Ese hombrecito es Venezuela. Simón Díaz es uno entre aquellos, acunados por la pobreza, en uno de los países más ricos del mundo. Eso lo marcó en el trabajo desde niño, en el estudiar por las noches, enfrentando la vida con la más típica sonrisa y el chiste a flor de piel. Por eso es tan venezolano, porque es uno en el montón, chistoso y vergatario, del tamaño del compromiso que se presente. Aprendió de la vida en su llano, soñando mil cosas sin encontrarle un sentido definitivo a su vida. Fue repartidor de una bodega, becerrero, aprendiz de tantos oficios, que le fueron llenado de esteros y morichales, de costas donde las palmeras otean el horizonte infinito, de pueblos grandes que insistían en llamarse ciudades. Todo ese caudal fue a parar a la música. Y más que un canto, es una conciencia, una venezolanidad profunda, un caballo que aún más viejo, cabalga en el inconsciente colectivo. Ese es Simón Díaz, una historia conocida, que se inició en Barbacoas, En Un Día Como Hoy, 8 de agosto de 1.928.
Barbacoas era un pequeño pueblo, perdido en unos llanos de vocación ganadera, donde en las haciendas se mantenían vigentes viejas cuentos de caudillismos, claro, mucha historia había corrido por los caminos de la Patria, pero realmente no había pasado nada. En ese ambiente, donde apenas en la lejana Caracas, unos muchachos hicieron del carnaval un desafío al gomecismo y pagaron con cárcel tamaño atrevimiento, Simón dio sus primeros pasos. Eso sí, la música estaba en todas partes. Y el niño lazó el potro de sus sueños, jugando a cantarle a una vaca, que todavía no se llamaba Mariposa. En la casa, su papá, Juan Díaz, le enseñó a rasguñar el cuatro, a sacar la voz para espantar cualquier angustia. Así fue creciendo con las ganas de pararse ante una orquesta. Por eso a los 17 era el atrilero de la Orquesta Matamoros de San Juan de Los Morros. Y en un descuido se convirtió en vocalista... Como a muchos otros venezolanos, a Simón Díaz le tocó dejar su tierra natal, pues las oportunidades sólo estaban en una tierra lejana llamada Santiago de León de Caracas. Se vino Simón con su caudal de experiencias, unos conocimientos bancarios para ganarse la vida y muchas ganas de hacer música. Así que muy pronto se encontró en la Escuela Superior de Música bajo la dirección del gran maestro, Vicente Emilio Sojo. Su inmenso talento le abrió paso. Y dándose cuenta que la explotación petrolera que transformaba el país iba a dejarnos sin folklore, se dedicó a difundir la tonada llanera e hizo humor fino, mostrando a los llaneros en la capital, dejando ver la alienación de la vida de un país que buscaba parecerse a otro, que añoraba un confort que estaba matando su esencia... Los éxitos de Simón Díaz se produjeron uno tras otro, tonadas, pasajes, joropos, gaitas, salsa. Simón cantaba de todo, pero componía mejor, pues en cada letra estaba vibrando su llano, una Venezuela que comenzaba a desdibujarse.
Su talento, creatividad y simpatía lo hicieron muy popular. Tenía un programa de radio llamado El llanero, el cual en los años 50 era muy escuchado. Parodiaba otro espacio muy popular, algo como la vida de las canciones, sólo que, ese muchacho Simón Díaz, inventaba historias donde encajaban sus propias composiciones. Pura cultura nacional, a golpe de arpa, cuatro y maracas. Así que fue rápido pasar a la televisión, el cine, el espectáculo todo. Actuó con la vedette de moda, Lila Morillo, y llegó a fusionar, como todo el país, el drama y la comedia... Simón Díaz es la tonada, es el canto agradecido de aquel que entiende la tierra y a los animales, que sabe relacionarse en la profundidad del sentimiento humano, que nos ha regalado piezas inmortales como "Caballo viejo", "Mi querencia", "Sabana", "El becerrito" y tantos otros cantos de la patria sencilla que despierta en un chinchorro, para ofrecer una sonrisa y un café recién colao. Preocupa, por aquello que una vez cantó Alí Primera, "Que sería de la tonada, si no estuviera, Simón..." Esa vida dedicada a cantarle a la patria, que se inició, un 8 de agosto de 1.928.