¿FUE MEJOR EL PASADO?

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“Ustedes, los jóvenes sólo piensan en la música electrónica, en Google y en las redes sociales, y nos le gusta mucho el sacrificio ni el trabajo. Veo muy mal el futuro” ¿Qué padre, en algún momento de su vida, no le ha dicho esta frase a un hijo? Ahora que somos padres, viendo a nuestros hijos, vuelve a nuestra memoria: ¿será que el pasado fue mejor de lo que va a ser el futuro?


Un pasado como el mío, donde uno llegaba a la mesa antes que sus padres, y sólo con una mirada de estos era suficiente para permanecer callados, donde sólo cabía el obedecer, donde a los padres se les trataba de Usted, y la vejez representaba sabiduría y respeto; versus un presente en el que si los hijos vienen a comer es todo un acontecimiento, y donde la figura de padre es decorativa, y la vejez sólo representa un estorbo.

Una época como la mía, donde se jugaba en la calle con los amigos de la cuadra, y donde nuestra comunicación era cara a cara, sin importarnos mucho quién era cada uno, porque todos éramos iguales; versus un presente donde a los niños se les lleva a clases de todo: natación, tenis, etc., y donde terminan practicando de todo y de nada; donde la comunicación entre ellos es toda virtual, y donde dependen de la cantidad de seguidores que tengan en las redes sociales, para sentirse distintos.
Un tiempo como el mío, donde no éramos alérgicos a nada, sólo a las malas notas, donde los carros no tenían cinturón de seguridad, donde no había teléfono celular para estar todo el tiempo comunicados con los padres, donde si querías saber algo tenías que buscar un libro o preguntárselo a alguien que lo supiese; versus un presente donde son alérgicos a casi todo, donde los carros tienen cinturones y presumen de seguridad; pero cada día quienes los conducen son más inconscientes, donde hay teléfonos que hacen todo, pero no sirven para llamar a los padres; y donde no hace falta aprender de nada, porque Google te lo dice todo.
Una vida pasada como la mía, donde comíamos de todo y sólo nos importaba la apariencia y el sabor, sin saber si era orgánico o natural, donde no había la descripción del producto, ni mucho menos cuántas calorías tenia, donde el café se tomaba con azúcar y se comía para engordar; pero casi todos éramos flacos; donde sabíamos quiénes éramos y el psicólogo lo relacionábamos con los locos, e íbamos al cine con la esperanza de robar un beso, y donde a las discotecas se iba a bailar; versus un presente donde lo que se come se mide por lo verde y las calorías que tiene, donde el café se toma con edulcorantes, donde se come para adelgazar, y casi todos están gordos; donde van al psicólogo todas las semanas para que les diga quiénes son, donde las películas se ven en casa, y a las discotecas se va a escuchar y acaso a bailar, pero solos.

¡Nada es tan poderoso como el pasado! Ya que a él nadie, ni nada lo pueden cambiar, y es precisamente ahora cuando ya pasé los cincuenta que empiezo a darme cuenta de que la existencia sórdida, maldita y abominable que he llevado en el pasado sin antialérgicos, sin cinturones de seguridad, sin juegos virtuales, sin productos sin calorías, sin Google, sin psicólogos, y sin música electrónica… ¡fue muy feliz!.

Mi madre me decía: “Carlos, la juventud es una enfermedad que se cura con el tiempo”
Sin lugar a dudas, que hemos y estamos avanzando muchísimo en ciencia y tecnología, pero estoy seguro de que estamos retrocediendo en principios, valores y dignidad; y lo primero sin lo segundo, puede terminar siendo un infierno.
cdoradof@hotmail.com

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