A 186 años de la muerte de Simón Bolívar no se ha consolidado la unión

Todos los que habitamos este país leímos en primaria, hasta sexto grado, la Muerte del Libertador pero pocos hemos revisado sus detalles.

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Todos los que habitamos este país leímos en primaria, hasta sexto grado, la Muerte del Libertador pero pocos hemos revisado sus detalles.

Lienzo de Antonio Herrera Toro

A propósito de conmemorarse hoy  los 186 años de su muerte, les presentó una relación que se escribe en Wikipedia sobre este evento de la historia, no sólo de América sino del mundo, pues fue el militar que alcanzó más blasones en la lucha de la independencia de naciones.

No salió como Alejandro Magno o Napoleón Bonaparte a conquistar pueblos: Salió a liberarlos.

A pesar del abuso indiscriminado de quienes hoy en día nos gobiernan el uso de la figura del Grande Hombre, eso ha servido para descubrir que Simón Bolívar fue un ser humano lleno de nobleza, algo que no podemos decir precisamente de quienes nos gobiernan desde Miraflores y desde la esquina de la oposición.

A continuación parte del diario del doctor Alejandro Próspero Reverend quien fue que lo atendió en sus últimos días.

 

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La llegada de Simón Bolívar a Santa Marta obedece a un desvío no programado en su itinerario de viaje en el cual debió llegar a Cartagena de Indias, pero debido a un agravamiento de su estado de salud su séquito se vio obligado a realizar una pausa en Santa Marta para no empeorar el ya delicado estado del Libertador.

A su llegada en horas de la noche el general fue recibido de manera cordial por la población local, actitud que generó grata impresión en su séquito, dado que había rumores de que los lugareños tenían aversión al Libertador.

Allí, luego de ser presentados por el general colombiano Mariano Montilla, el Libertador tuvo la oportunidad de conocer a quien sería su médico de cabecera, el cirujano de guerra colombiano nacido en Normandía, Francia, Alejandro Próspero Révérend.

Luego de mantener una conversación en francés con el galeno, el Libertador le transmitió las buenas referencias que tenía de él, y que pese a ser bastante reticente a la medicina confiaba en que sería su nuevo médico, quien era trece años menor, el encargado de propiciar una pronta mejoría mediante el uso de todo el conocimiento y tratamientos médicos disponibles en la zona y la época.

En primera instancia el pronóstico médico realizado por el doctor no fue nada alentador, dado que tras interrogar al general sobre su padecimiento éste le puso al tanto sobre el poco cuidado y desinterés que había tenido respecto al tratamiento de su enfermedad, por lo que tras reunirse con el doctor Mac Night, cirujano del barco de guerra norteamericano Grampus, el cual escoltó al general en la última parte de su viaje por el río Magdalena, con el fin de obtener una segunda opinión médica, se llegó a un común acuerdo sobre qué tratamiento seguir respecto a la enfermedad diagnosticada al Libertador.

 

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En un inicio el general fue hospedado en la Casa de Aduanas, antigua sede del consulado español ubicada en el centro de la ciudad, pero a instancias de su médico de cabecera y de un antiguo amigo, fiel a la causa independentista, el español nacido en Cádiz, Andalucía, Joaquín de Mier, el general necesitaba un traslado a un sitio más tranquilo, por lo que este último cedió su hacienda ubicada en San Pedro Alejandrino a las afueras de la ciudad, a la vez que puso a su disposición todas sus instalaciones y servidumbre.

La llegada a la Quinta de San Pedro Alejandrino se realizó el 6 de diciembre, en una berlina tirada a caballo en un viaje que tardó más de lo habitual ya que el estado de salud del General no permitía viajes con mucho movimiento.

 

Últimos días

 

Una vez instalado en la Quinta de San Pedro el Libertador se encontró plenamente en manos de su médico de cabecera, quien realizó un minucioso registro diario de la evolución de la salud del general en una serie de boletines médicos los cuales luego fueron publicados en su libro La última enfermedad, los últimos momentos y los funerales de Simón Bolívar, libertador de Colombia y del Perú, publicado en París en 1866, treinta y seis años después de los acontecimientos por petición personal de un pariente de Joaquín de Mier al ya octogenario galeno.

Los primeros días de estancia en la hacienda se vieron marcados por el optimismo que mostraba el Libertador respecto a su salud y futuros planes que llevaría a cabo, como lo era la obsesión con trasladarse a las cercanías de la Sierra Nevada de Santa Marta, para lo cual había dado instrucciones al general colombiano nacido en Navarra, España, José Sardá, de construir una cabaña en Masinga, Magdalena , o la organización de un viaje junto a su médico con el fin de explorar Francia , pero este optimismo se veía considerablemente disminuido en cuanto algún quebranto propio de su enfermedad hacía efecto en él.

 

Con el transcurso de los días y ante un pronóstico médico poco favorable, los miembros de su séquito instaron a Alejandro Próspero Réverend de informar al general de la gravedad de su estado de salud con el fin de que fuese preparando todos los asuntos legales de relevancia e instrucciones de cómo proceder en caso de su muerte, por lo que, luego de un fallido intento debido a que el Libertador entró en estado de cólera al momento de insinuarle la realización de estos procedimientos, y posteriormente terminar siendo convencido por su médico, el 10 de diciembre en horas de la noche, estando presentes los generales colombianos Mariano Montilla, José María Carreño y José Laurencio Silva, el dueño de la casa, varios amigos del Libertador y el notario Catalino Noguera, tuvo lugar uno de los hechos más simbólicos de estos acontecimientos: la redacción de su testamento y posteriormente de la última proclama dirigida a los Colombianos, donde Simón Bolívar da una visión personal del estado político de Colombia, de su tristeza, de sus medidas para apaciguar las rebeliones y de la esperanza que tiene en la continuidad de la confederación.

 

“Colombianos: Habéis presenciado mis esfuerzos para plantear la libertad donde reinaba antes la tiranía. He trabajado con desinterés, abandonando mi fortuna y aun mi tranquilidad. Me separé del mando cuando me persuadí que desconfiabais de mi desprendimiento. Mis enemigos abusaron de vuestra credulidad y hollaron lo que me es más sagrado, mi reputación y mi amor a la libertad. He sido víctima de mis perseguidores, que me han conducido a las puertas del sepulcro. Yo los perdono. Al desaparecer de en medio de vosotros, mi cariño me dice que debo hacer la manifestación de mis últimos deseos. No aspiro a otra gloria que a la consolidación de Colombia. Todos debéis trabajar por el bien inestimable de la Unión: los pueblos obedeciendo al actual gobierno para libertarse de la anarquía; los ministros del santuario dirigiendo sus oraciones al cielo; y los militares empleando su espada en defender las garantías sociales. ¡Colombianos! Mis últimos votos son por la felicidad de la patria. Si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la Unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro.”

    Simón Bolívar

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La última semana del Libertador se caracterizó por un constante ir y venir entre un pronóstico relativamente favorable y el menos favorable, dónde se realizaban desde salidas al aire libre por la Quinta de San Pedro para permitirle respirar aire fresco e interactuar con la naturaleza, teniendo al paciente en total lucidez y con una buena capacidad de sus facultades, hasta noches eternas en las que los diferentes síntomas de lo que su médico consideraba un catarro pulmonar crónico, desencadenante de una tisis tuberculosa, no dejaban dormir al Libertador, lo cual sumado a la final reticencia del general para aceptar los diversos medicamentos y tratamientos propuestos por su médico, terminarían resquebrajando aún más su delicado estado de salud.

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El 16 de diciembre se vio marcado por la máxima y más grave manifestación de los síntomas de la enfermedad padecida por el Libertador, los cuales empezaron a presentarse a finales de la mañana teniendo su momento más álgido en horas de la noche, estos eventos generaron una extrema preocupación en su médico, la cual expresa en los últimos dos boletines expedidos este día:

 

BOLETÍN NÚMERO 30: S. E. va siempre declinando, y si vuelven las fuerzas vitales a sobresalir alguna vez, es para decaerse un rato después; finalmente, es la lucha extrema de la vida con la muerte. El vejigatorio de la nuca ha purgado bastante, pero los que se pusieron anoche en las pantorrillas han hecho muy poco efecto. Los orines se han suprimido. Siguen siempre las frotaciones espirituosas en los extremos, las bebidas antiespasmódicas, unturas emolientes, y lavativas. Sagú cada dos horas. Diciembre 16, a la una de la tarde.

 

BOLETÍN NÚMERO 31: Todos los síntomas de la enfermedad de S. E. han vuelto a exasperarse; además se le ha notado otro síntoma malo, y es que ha echado orines ensangrentados. La respiración es más trabajosa, y apenas han purgado los vejigatorios, principalmente los de las pantorrillas. Frotaciones espirituosas en los extremos, antiespasmódicos al interior, etc. Sagú por alimento. Diciembre 16, a las nueve de la noche.

  1. P. Révérend

 

Último día

 

La descripción precisa del estado de salud del Libertador se ve ricamente detallada en los boletines médicos de Alejandro Próspero Reverend, los cuales aumentan en número desde la madrugada del 16 de diciembre y la luctuosa mañana del 17 de diciembre de 1830, en ellos refleja el progresivo debilitamiento del Libertador llegando a la conclusión de muerte inminente en próximas horas.

 

BOLETÍN NÚMERO 32: Todos los síntomas están llegando al último grado de intensidad; el pulso está en el mayor decaimiento; el fácies está más hipocrático que antes; en fin, la muerte está próxima. Frotaciones estimulantes, cordiales y sagú. Los vejigatorios han purgado muy poco. Diciembre 17, a las siete de la mañana.

  1. P. Révérend

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A las nueve de la mañana el doctor Alejandro Próspero Révérend fue cuestionado por el general Mariano Montilla sobre el estado de salud del Libertador, éste le informó del funesto pronóstico lo cual aumentó considerablemente la preocupación en el séquito de Simón Bolívar.

Tras una breve ausencia del médico debido al cumplimiento de un favor pedido por el general Mariano Montilla de hacer una visita al obispo de Santa Marta, quien se encontraba enfermo, y siempre rodeado de la constante angustia de no poder regresar a tiempo y asistir al general si se presentaba su muerte, el regreso del médico se produjo antes del mediodía y tras realizar nuevamente la evaluación del progreso del general, quien ya no hablaba sino de manera confusa, sólo sirvió de confirmación al peor pronóstico.

Tras el paso de una mañana marcada por el constante desvanecimiento de los signos vitales y pasado el mediodía, el silencio del salón principal de la casa, el cual estaba ocupado por los edecanes, la cúpula militar del Ejército Patriota y los amigos más íntimos del Libertador, se vio interrumpido por las palabras de su médico Alejandro Próspero Reverend, quien los invitó a pasar a la habitación contigua si querían presenciar los últimos momentos del héroe grancolombiano.

Rodeado de su séquito, y tras una larga pero calmada agonía, el General Simón Bolívar falleció a la una de la tarde con tres minutos y cincuenta y cinco segundos del viernes 17 de diciembre de 1830.

 

Funerales

 

Tras la muerte del Libertador se dio inicio al protocolo médico para determinar la causa de ésta mediante la realización de una autopsia, su traslado y posterior embalsamamiento para realizar la exposición de los restos mortales en capilla ardiente al pueblo local, y tres días después realizar la inhumación en una tumba cedida por la familia Díaz Granados en la catedral basílica de Santa Marta.

 

Autopsia

 

A las cuatro de la tarde del mismo día, el médico de cabecera Alejandro Próspero Reverend dio inicio a la autopsia del Libertador, la cual fue realizada en una de las salas conjuntas de la Quinta de San Pedro Alejandrino, y no habiendo encontrado indicio alguno que contradijera su diagnóstico inicial, así describió el galeno la conclusión del procedimiento en sus memorias:

 

“Según este examen, es fácil reconocer que la enfermedad de que ha muerto S. E. el Libertador era en su principio un catarro pulmonar, que habiendo sido descuidado pasó al estado crónico, y consecutivamente degeneró en tisis tuberculosa.”

  1. P. Révérend

 

Una vez terminada la autopsia se procedió inmediatamente al traslado y posterior embalsamamiento del cuerpo en el centro de Santa Marta, éste tuvo que hacerse de manera improvisada dado que no se contaban con los elementos suficientes para realizar esta clase de procedimiento de manera correcta, a su vez, debido a que el único boticario de la ciudad se encontraba enfermo, el procedimiento fue realizado íntegramente por el doctor Alejandro Próspero Reverend.

En horas de la noche del 17 Diciembre de 1830 se realizó el traslado del cuerpo del Libertador hasta la Casa de Aduanas ubicada en el centro de Santa Marta, allí fue expuesto en capilla ardiente hasta el día 20 de diciembre, el cual estaba programado para realizar su entierro.

Como parte de las expresiones de duelo destacan las numerosas cartas enviadas a manera de condolencias tanto por particulares como por entes gubernamentales, a su vez diversos honores militares se realizaron en lugares cercanos, como lo fue en la Fortaleza del Morro, dónde por disposición oficial se dispararon salvas de cañón cada media hora y sin distingo del momento del día, desde la llegada de los restos hasta el momento del entierro tres días después.

En la parte final del procedimiento de preparación para el funeral destaca la anécdota relatada por el médico Alejandro Próspero Révérend en sus memorias, en la cual describe que debido a que no había nadie disponible en la casa para vestir el cuerpo del Libertador, él mismo, quien lo atendió en toda su estancia en San Pedro Alejandrino, quien entabló una amistad con él, quien lo vio morir, quien le realizó la autopsia y quien lo embalsamó, ahora estaba en la obligación de vestirlo solo, momento que él relata como muy doloroso, pero más doloroso aún fue el hecho de que entre las prendas que se le proporcionaron para ataviar el cuerpo de gala militar se encontraba una camisa rota, la cual generó indignación en el médico y alertó enfadado que si no se realizaba el cambio de ésta, él mismo daría una de las suyas.

La afluencia de una elevada cantidad de personas provenientes de los más diversos orígenes y clases sociales fue algo que marcó los funerales del Libertador, al límite que el sitio en el cual estaba siendo expuesto su cuerpo no daba abasto ni de día ni de noche para acoger a la pletórica cantidad de público.

Dentro de las personas que asistieron cobra especial interés uno de los amigos más íntimos del Libertador, el general Daniel Florencio O’Leary, quien no pudo acompañarle en sus últimos días de vida ya que tuvo que separarse de él en Barranquilla, pese a tener como objetivo acompañarle en la mayor distancia posible hasta su partida al exilio, motivo por el cual fue informado del estado de gravedad del general cuando ya era demasiado tarde, no siendo su arribo a Santa Marta sino hasta el día 18 de diciembre, un día después de la muerte del general.

 

Inhumación

 

La inhumación de los despojos mortales se realizó en la Catedral Basílica de Santa Marta el 20 de diciembre de 1830, pese a la última voluntad del Libertador de ser enterrado en Venezuela, la situación política de la Gran Colombia hacia enormemente difícil la realización de los trámites burocráticos y diplomáticos necesarios para realizar el traslado a territorio venezolano, por lo que tras el limitado cumplimiento del protocolo militar para el traslado y honores funerarios de altos mandos debido a los limitados recursos económicos, el Libertador fue inhumado en la tumba de un panteón familiar cercano a la nave central de la catedral, cedida por la familia Díaz Granados.

En un inicio sus restos no contaron con una lápida marcada, con el fin de evitar vandalismo y profanaciones.

 

Cubrimiento en la prensa

 

La muerte de Simón Bolívar generó una fuerte repercusión regional la cual afectó los cimientos políticos más profundos de todos los países del norte de América del Sur, el eco de esta repercusión, el cual atravesó continentes, fue reflejado en los periódicos de la época.

Medios regionales como la Gaceta de Venezuela, la cual en su edición del 31 de enero de 1831, cuando aún no había llegado la noticia de la muerte del General, publicó un rumor difamatorio en el cual se le atribuía al Libertador el padecimiento de una penosa enfermedad, lo cual generó una corriente informativa en contra de Bolívar por parte de los medios fieles a personajes adversos a la figura del General y que tuvieron que rectificar una vez se hizo pública la carta que el general Rafael Urdaneta escribió al general José Antonio Páez donde le narraba lo sucedido en Santa Marta. El coronel colombiano nacido en Londres, Reino Unido, Belford Wilson, quien hizo parte del séquito del Libertador, fue el encargado de hacer llegar la noticia del deceso del General a Europa, así, mediante una carta dirigida al capitán del navío Bkanca, la noticia llegó a los periódicos del viejo mundo, como lo fue al periódico francés Journal du Commerce, el cual en su edición del 21 de febrero de 1831 publicó un extenso artículo en el que resalta:

 

“¡Dichoso hombre, sin embargo, porque habiendo sido grande en la guerra, y en su tiempo el más poderoso de su país, permaneció hijo obediente de la libertad!”

Journal du Commerce

 

A su vez el extinto semanario francés Le Courrier Français y el periódico La Tribune publicaban:

 

“Se concederá sin duda a ese gran hombre, la primera de las glorias, la del patriotismo, la de haberse inmolado por la prosperidad y el engrandecimiento de su país.”

Le Courrier Francais

 

“A la vuelta de pocos años se fijará su carácter público y moral en su verdadero punto de vista, y su reputación sobre firmes e inmutables bases.”

La Tribune