Busetas duplican tarifas y no aceptan billetes de 500 bolívares  

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La irregular situación, demostrativa del caos y la anarquía que reina en el transporte público, se torna en un latente foco de violencia entre usuarios y transportistas y no hay asomo de autoridad alguna que medie en una solución.

En un foco permanente de violencia y desencuentro entre usuarios y transportistas, se torna la irregular situación de caos y de anarquía visible en la prestación del servicio de  transporte público en Ciudad Guayana, donde las llamadas busetas y perreras duplican sus tarifas fijadas por la reglamentación municipal y de paso no aceptan los billetes de 500 Bs, al parecer porque ya no los quieren los compradores de efectivo, evidente destino final del producto que surge del trabajo diario.

Un clima de permanente tensión y de agrios enfrentamientos entre usuarios y transportistas, se aprecia a diario en las siempre abarrotadas paradas del deteriorado y retorcido sistema de transporte público, de la otrora ejemplar urbe guayanesa, hoy día con una población que supera el millón y medio de habitantes.

En medio de este lamentable y hasta indignante panorama de descomposición social y estructural de la capital económica del estado Bolívar, pudimos notar una ausencia absoluta de autoridad, que medie en la solución de este problema, una correlación innegable de la crisis global del país, que incide en lo económico, social, político, moral, estructural y sistémico, para no alargar más la sectorización de los males que hunden a Venezuela en su más impensable tragedia.

“Dios mío, a donde iremos a parar”, fue un repetitivo clamor que escuchamos de los usuarios del transporte público, junto a otros referidos, a lo que traducimos como sentimientos colectivos, exclamando, “esto no lo aguanta nadie”, “hasta cuando mi Señor?”, y algunos que resultan censurables por configurar descomposturas, naturalmente comprensibles y muy humanas.

El pasaje del transporte urbano en Ciudad Guayana, ha sido reglamentado por la autoridad municipal en Bs F 5.000, pero en la práctica es elevado hasta Bs. F 10.000 y más de ese monto, dependiendo de las horas pico, del clima y del ambiente de desesperación y angustia que se pueda apreciar en el momento. “Un fenómeno sádico”, comentó una señora de pelo canoso por los años que nos observaba.

El arrebato especulativo de los transportistas regulares, sumado al mal trato y a las limitantes del servicio por las pocas unidades operativas, debido a la escasez y encarecimiento de repuestos, baterías, cauchos, aceites y demás insumos para el mantenimiento vehicular, crea una oferta paralela de transporte público, que se origina en camiones, camionetas pick-up y otras unidades inapropiadas e improvisadas, surgidas de la imaginación y la audacia popular, pero que representan un grave peligro para quienes se aventuran con esta alternativa, como se puede apreciar en las redes sociales, donde abundan los casos ejemplarizantes de esta inédita realidad y donde se recuerdan episodios trágicos que ya se han registrado por esta circunstancia.

Hay un servicio gratuito que ofrece el gobierno, a través de los autobuses rojos aportados por China a cambio de petróleo, pero es parcial e insuficiente, pues hay unos que cobran con el mismo ímpetu especulativo, inconmovible e implacable de busetas y perreras y, cubre una ruta fija -se nos dijo- dejando al margen a importantes sectores populares. Hoy se nos decía que la empresa que los administra, Transbolívar, sufría los embates de un conflicto laboral, que de ser cierto, agravaría aún más el problema.

Denuncias sin respuestas

“Por favor, señor periodista, denuncie esta situación, forme un escándalo público para ver si reacciona el gobierno”, se nos reclamó en tono angustioso al identificarnos. Otras voces señalaban, “de qué sirve la denuncia pública; es una pérdida de tiempo; este es un diálogo entre sordos y mudos; los periódicos, las emisoras, la televisión, todos los medios reclaman y denuncian, pero ninguna autoridad actúa; necesitamos al Chapulín Colorado”.  Nobel Medrano Matos