Cecilia, de Fundación Lala: Nuestro motivo es ayudar a la gente

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En esta ciudad todos conocemos a Cecilia. A lo mejor no sabemos su apellido, que es Tenorio, pero sí sabemos su nombre.

Cecilia es la dama que siempre consigue ese medicamento que se necesita porque no hay, porque es muy costoso o porque no se encuentra.

Ella es la mano derecha de la Fundación Lala. Es una ferviente colaboradora y su mente es una especie de computadora. Sabe qué medicamento pidió la señora que va entrando.

Sabe qué medicina necesita la hija del médico quien además colabora con la Fundación.

Conoce a la madre y la hija que vienen llegando de Bongo, de la Flor de los Jicoteos en Ciudad Bolívar, de El Almacén, pueblo pesquero, de Wonken en la Gran Sabana.

Lo que Cecilia no sabe es cómo cada noche o cada amanecer, todas las familias, madres, hombres, mujeres, padres, abuelas, tíos, hermanos, niños, hijos, la mencionan en sus oraciones y piden por ella.

No. No lo sabe porque ella hace su trabajo por la satisfacción que da ayudar a los demás, algo que ha sido olvidado, en mi ciudad y en mi país.

Pero Cecilia no lo ha olvidado. A lo mejor se le olvida comer, casi seguro; se le olvida ir a la peluquería, también es un hecho; se le olvida cualquier otra cosa pero no que tiene que conseguir el medicamento A o B porque lo van a ir a buscar y además, de ese medicamento, depende una vida.

No nació en Venezuela. Lo hizo en México pero tiene tantos años aquí que es venezolana completa.

¿De dónde le viene a Cecilia ese don natural por atender a la gente? No lo sabe, cree que es por el lado de su abuela, de su mamá, supone.

Lo que sí tiene claro es que le gusta y por eso a cualquier hora que se le llame, atiende.

Algo maravilloso también en estos tiempos donde quienes son dirigentes cargan un asistente para que les lleve el celular, sobre todo si tienen responsabilidades de gobierno.

Está rodeada de papelitos pero esos papelitos sí reciben respuestas porque o son solicitudes de ayudas médicas o son los papelitos que la gente firma dando constancia que recibió el medicamento.

Está en infinitos grupos de whasap. El de hospital Uyapar; el de Una Medicina, una Vida; el del hospital Raúl Leoni; en el pediátrico Menca de Leoni, en fin, son tantos grupos que siempre debe ponerle saldo al teléfono para los megas.

Ella cuenta con un equipo al que todos los días impulsa para que hagan su trabajo cada vez mejor.

Sufre mucho porque ya no es como antes. Los medicamentos no se consiguen y cuando se consiguen su precio es exorbitante, dice.

No hace juicios de valor. Simplemente compara y siente que ahora, a pesar de tanto dinero que ha habido en Venezuela, es más difícil salvarle la vida a la gente, a los niños, a los ancianos.

Insiste en la necesidad de que haya más inversión para la adquisición de medicamentos y equipos y confía en que la Ayuda Humanitaria en el ámbito de la salud no sea eliminada porque entonces su trabajo pasará de difícil a imposible.

Cuando le pregunto eso, ella me mira con los ojos aguarapados, no se sabe si por el color o por la tristeza, levanta los hombros y responde: Desde la Fundación Lala seguiremos ayudando dentro de nuestras posibilidades a todo el que toque la puerta. Es nuestro motivo, dice.

Definitivamente en Guayana todos sabemos quién es Cecilia. Lo que ella no sabe es cómo todos le agradecen y piden por ella, antes de dormir y al abrir sus ojos, cada vez que le oran a Dios.

¿Cecilia tiene familia? Claro, gracias a ellos no ha muerto de hambre y va a la peluquería de vez en cuando aunque a veces se la llevan a la oficina porque ella cuida a mucha gente pero a ella también la cuidan.