Columna: Desde El Orinoco

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Honor a los médicos y enfermeras

“Cuando fui interna de pregrado (es un año rotando en diferentes servicios de un hospital y corresponde a las prácticas profesionales previas a titularse) ocurrió que mientras estaba haciendo una nota de una paciente que acaba de atender, una enfermera de recepción gritó: ¡paciente en expulsión!

Eso significaba que una mujer que acababa de llegar estaba con el bebé casi saliendo del canal del parto. Yo ya tenía los guantes puestos y la mujer pujaba a pesar de la insistencia del personal de que esperara a llegar al expulsivo para que su bebé naciera en un lugar más limpio. Pedí que trajeran el equipo ahí mismo, las enfermeras corrieron y lo trajeron en un santiamén, mientras, mi mano izquierda ya tocaba la cabecita del bebé.

Volvió a pujar y por fin salió la cabeza completa. Para entonces la enfermera ya había puesto en mi mano la perilla, una mesita improvisada con los demás objetos necesarios, el campo (sábana estéril) calientito en mis brazos para recibir al bebé y la cubeta a los pies de la camilla a la que debían caer todos los restos de la labor. No hubo necesidad de usa la perilla, la niña lloró tan fuerte que dio gusto. Así salió después el hombro derecho, luego el hombro izquierdo y el cuerpo completo.

Todo ocurría entre palabras de aliento y felicitaciones para la nueva mamá. Decíamos cosas como “Muy bien hecho… Está muy linda tu bebé… Nació muy sana… Ya descansa”.

Pincé el cordón umbilical, lo corté y entregué la niña al pediatra para que hiciera el resto. Ya en calma, pudimos trasladarnos a la sala adecuada para el alumbramiento y las suturas que tuvieran que hacerse. En la misma sala ya estaba la bebé tranquila, en manos del pediatra que la evaluaba y la preparaba para dársela a “J”, quien tenía 21 años, igual que yo, y la veía asombrada.

Le pregunté qué nombre le pondría y a qué se dedicaba, mientras saturaba unas pequeñas heridas que se hacen a veces con la salida del bebé. Al contarme su historia, fui encontrando puntos en mis recuerdos; el trabajo de su mamá, el oficio de su papá, el barrio donde creció, la escuela primaria a la que asistió… Levanté la cabeza y le pregunté: “¿Eres ‘J’ y tal apellido?” Resulta que sí. No lo podía creer, se trataba de una antigua amiga de primaria. Le dije “soy Eva Marcela, estábamos juntas, ¿te acuerdas de mí?”. Ella me miró y también peló los ojos. Con la urgencia de su situación, no habíamos tenido tiempo para reconocer que nos conocíamos.

Terminamos preguntándonos de nuestras vidas, suturando, secando, limpiando, cortando, hasta que todo estuvo terminado y la nueva mamá estaba con su bebé en los brazos.

Me dijo que le pondría María y mi segundo nombre, Marcela, lo cual me llenó de emoción. Me fui a hacer mi nota y estuve regresando a verla hasta que el camillero se la llevó a piso. La visité en su habitación la mañana siguiente y nos prometimos vernos después, pero ya no nos vimos más”.

Esta excelente historia real, relatada por la Dra. Marcela Cárdena y publicada en la página web Vice.com, me parece impresionante y evidencia las vicisitudes que pasan los médicos en sus actividades cotidianas

En este tiempo de “cuarentena” por la pandemia creada por el COVID 19, hemos visto con admiración y asombro, el trabajo maravilloso realizado por los médicos, enfermeras y el personal de los centros de salud, alrededor del mundo, para atender los numerosos casos de pacientes contagiados. Esos médicos y enfermeras, poniendo en riesgo su propia vida y la de sus seres queridos, se dedican largas horas, al combate de la enfermedad y a tratar de recuperar los miles de casos que se han presentado en los diversos países.

Mis palabras de reconocimiento a esos profesionales de la salud, quienes evidencian su abnegación, solidaridad y una calidad humana, hermosa y ejemplar.

Mientras la mayoría de las personas, atemorizadas, se refugian en sus casas y toman las medidas de precaución, estos médicos y enfermeras, tienen que salir de sus hogares, asistir a esos centros de salud, abarrotados de enfermos del COVID 19, para aplicarles el debido tratamiento y devolverles la salud

Honor a médicos y enfermeras!!!!!. Son unos verdaderos héroes y han ratificado que son unos monumentales seres humanos y nos hacen sentirnos optimistas, sobre las actuaciones de los seres humanos, cuando se requiere sus aportes y entrega incondicional.

Me siento muy orgulloso de los médicos y enfermeras, por dar lo mejor de sí mismos, correr severos riesgos y poner en práctica sus conocimientos y los mejores servicios profesionales, para combatir esta terrible pandemia. Mis aplausos para ellos

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Gracias por leerme.

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