Corrupción y crisis económica llevan a Brasil a la antipolítica

Río de Janeiro, Brasil.- La enésima crisis institucional que asuela a Brasil en los últimos días, con el presidente del Senado imputado por corrupción y muchos de los parlamentarios maniobrando para poner trabas a la Operación Lava Jato es, para muchos analistas, el último capítulo de la novela que la sociedad brasileña ya está empezando a escribir: el ascenso de la "antipolítica" como resultado del desencanto y la apatía.

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Río de Janeiro, Brasil.- La enésima crisis institucional que asuela a Brasil en los últimos días, con el presidente del Senado imputado por corrupción y muchos de los parlamentarios maniobrando para poner trabas a la Operación Lava Jato es, para muchos analistas, el último capítulo de la novela que la sociedad brasileña ya está empezando a escribir: el ascenso de la «antipolítica» como resultado del desencanto y la apatía.

Las manifestaciones del pasado domingo fueron las más masivas de los últimos meses y gritaban contra la corrupción y contra las intenciones de los diputados y senadores de aprobar un texto anticorrupción que en la práctica pondría muchas trabas al trabajo de jueces y fiscales; por primera vez en mucho tiempo la semana pasada volvieron a escucharse «caceroladas», informó Sputnik.

«Pérdida de legitimidad de los partidos, triunfo de la narrativa de «todos los políticos son corruptos», el poder judiciario inflamado, los medios hiperpolitizados, crisis económica… Tenemos los elementos para acabar en un auge de un peligroso populismo de derecha», apuntaba esta semana la profesora de Ciencias Sociales de la Universidad Federal de São Paulo (Unifesp) Esther Solano.

El descontento de las calles, no obstante, no apunta directamente al gobierno de Michel Temer (Partido del Movimiento Democrático de Brasil) –a pesar de su baja popularidad– sino al Congreso Nacional, que los organizadores de las marchas, movimientos como Vem Para Rua y Movimento Brasil Livre, ven como la fuente de todos los males.

Esos mismos movimientos fueron en su momento los impulsores del «impeachment» contra la presidenta Dilma Rousseff y en aquel momento no tuvieron problemas en alinearse con ese «Congreso corrupto», igual que ahora salvan de sus críticas a Temer, probablemente por su plan económico neoliberal, el profesor de Historia en las Facultades Inegradas de Itararé (Fafit) Murilo Cleto.

En su opinión, es difícil saber por cuánto tiempo estos grupos con fuerte poder de movilización aguantaran someterse a un gobierno «tan manchado por la corrupción», y aunque por ahora Temer puede estar agradecido porque los dardos se dirigen sobre todo contra el presidente del Senado, Renan Calheiros (PMDB) alerta de que el comportamiento de las calles es imprevisible.

La izquierda está desorientada y el propio expresidente Luiz Inácio Lula da Silva reconoció recientemente que el Partido de los Trabajadores (PT) está «moribundo», la mayoría de partidos acumulan escándalos de corrupción y ahora «las únicas estrellas son los jueces, lo cual también es peligroso», apunta Cleto.

Dan una idea del desgaste del sistema político brasileño las altas cifras de abstención en las elecciones municipales de octubre –en cinco de las mayores 50 ciudades del país los votos nulos superaron a los válidos.

Sólo el 32% quiere democracia

Además, tan solo el 32 % de los brasileños considera que la democracia es el mejor sistema de gobierno, según el Latinobarómetro de septiembre, y en las marchas del domingo se pudo ver a pequeños grupos clamando a favor de una intervención militar.

Para los analistas el país ya va dando signos de cuál será la tendencia en los próximos años: un caso paradigmático es el triunfo del nuevo alcalde de São Paulo, el empresario João Doria (Partido de la Social Democracia Brasileña), que logró conquistar las urnas a pesar de los recelos del partido, repitiendo constantemente que él no es un político sino un gestor.