De qué hablamos cuando hablamos de la realidad

0
115

Sospecho que las redes sociales están triturando la realidad. Antes había que esperar hasta el amanecer para que las cosas pasaran y verlas, al fin, en primera plana. Luego vino la radio y la televisión, pero todavía los hechos sufrían de cierta fermentación. Y alguna gente sabia decidía, con buen tino, qué cosas pasaban y cuáles no. Incluso, el tono en que debían ser conocidas tales cosas. Ahora, la inmediatez de lo digital, en cambio, hace que la realidad (las cosas, los hechos) se anegue de sí misma bajo una monstruosa omnipresencia que acaba por saturarlo todo, sin la capacidad de nutrir o ampliar nuestra percepción.

La realidad se paraliza, entonces. Esa es la única percepción que persiste y que la arrastra al terreno de la ficción. O casi. O al menos es cubierta por una niebla de pasado-presente que la apresa en una especie de purgatorio noticioso. Expiación de lo real. Y cuando lo real hace de purgatorio, la realidad —que casi siempre es diferente de lo real— parece estar signada, finalmente, por la indiferencia, la duda o, peor, el fastidio.

II

Escribo estas líneas luego de un raro equívoco: acababa de leer una nota de prensa sobre Samanta Schweblin, escritora bonaerense, que no conozco ni que he leído, pero que apenas pueda lo haré con cierta gracia porque pensé que había dicho que eso que «llamamos realidad es un malentendido». Lo que dijo fue: «eso que llamamos normalidad es un malentendido». Como sea, pasó a ser objeto de mi curiosidad. Sin embargo, supongamos que dijo lo que no dijo, después de todo «realidad» y «normalidad» se parecen mucho. Recuerdo que Caballero escribió que lo anormal acaba siendo normal en cuestión de escaso tiempo. Esa es la realidad de la realidad. Pero claro, confieso que el tema de la realidad siempre me ha causado ronchas. Hubo un tiempo cuando hacía de predicador de la simulación. Era un fiel de la religión de Baudrillard. Lo veneraba. Mi fascinación y mi fe se fundamentaban en que no le entendía casi nada. Sigo sin entenderlo, pero sé, por esa misma fe —que es como un grano de mostaza— que la realidad es una simulación. Un malentendido ciudadano tal como lo señala la señora Schweblin. Lo mismo que decir, normalidad pura y dura. Y las redes sociales han potenciado esta torpeza y esos equívocos en algo aterradoramente sideral. La han convertido en virus republicano. Jim Messina, asesor de Obama, profetizó que las redes cambiarán al mundo: «»Las redes sociales y los datos serán utilizados para cambiar el mundo… se le está enseñando a la gente cómo utilizar las últimas tecnologías para mejorar sus negocios, para involucrarse por primera vez; es una conversación muy sana». No sé si Messina será iluso o cínico, pero esa mirada tan nice dista mucho de lo que ya estamos viendo. Aunque tampoco es para alarmarse, las redes como cualquier hechura humana, avanza en la turbia borrasca de la moral.