“El Chapo” Guzmán pasará el resto de su vida encerrado en un penal estadounidense

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El Chapo tiene todo el tiempo del mundo para soñar con su próxima fuga. Su destino estaba escrito desde enero de 2017 en que llegó a Estados Unidos extraditado, procedente de México. Como si fuera uno de los narcocorridos que tanto le gusta, estaba cantado. Cadena perpetua, sin opción de revisión, y otros 30 años, encarcelado de por vida y hasta la eternidad para el supuesto jefe del cartel de Sinaloa, una de las empresas mexicanas de tráfico de drogas más poderosas y terroríficas.

De nada le sirvió que por primera vez se expresara en su juicio –descartados los formulismos- para quejarse de las condiciones en que se halla encarcelado en Manhattan, donde “he sido física, psicológica y mentalmente torturado las 24 horas”, subrayó. “He sido forzado a beber agua no apta para el consumo, me han denegado el acceso al aire fresco y al sol. La única luz solar que veo es la que entra por la ventana de mi celda”, se lamentó antes de que se concretara su condena. Leyendo un texto en español, con traducción al inglés de su abogado Eduardo Balarezo, prosiguió en su gemido. “Para dormir tengo que taparme los oídos con papel higiénico debido a la conducción del aire”. Aún más: “A mi mujer no le han permitido visitarme hasta el día de hoy y tampoco me dejan abrazar a mis hijas”. En la contrabalanza, Andrea Vélez, antigua integrante del cártel, hizo un emocionado relato sobre cómo “el jefe” intentó “asesinarla”.

El juez Brian Cogan no se conmovió y decidió este miércoles que Joaquín Archivaldo Gumán Loera, de 62 años, pasará el resto de su existencia encerrado en un penal estadounidense, salvo que vuelva a protagonizar una de sus sonadas fugas penitenciarias. Tiene dos antecedentes más que famosos, aunque en su país natal, y ya se sabe el dicho de que “no hay dos sin tres”. Pero también es cierto que las autoridades de EE.UU. pregonan su detención, condena y encarcelamiento como uno de sus mayores logros y no permitirán que su trofeo les ponga en ridículo. Este narcotraficante, un celebridad en su terreno, amante de las cámaras y cuya carrera criminal no tiene más paralelismo que Al Capone, según The New York Times, regresó ayer a la sala del tribunal federal de Brooklyn.

Ha transcurrido cerca de medio año desde que en febrero concluyó la vista oral –se prolongó tres meses- y fuera declarado culpable por el jurado. Su reaparición pública supuso la reaparición del circo mediático y del llamado “turismo judicial”. Antes de la medianoche, a la caída de la tarde del martes, la cola para acceder al interior ya se empezó a organizar. La decisión del jurado dejaba poco margen a la sorpresa. O ninguno. Los fiscales presentaron a 14 testigos protegidos –lo que se denominan arrepentidos- y otra retahíla de pruebas para demostrar que el Chapo envío miles y miles de toneladas de drogas a Estados Unidos, un beneficio de tal dimensión por el que le reclaman 12.700 millones de multa. Se sirvió de una amplia red de corrupción, en la que se citaron nombres de presidente.

Además presentaron evidencias de que Guzmán Loera, también conocido como “el rápido” por su velocidad en servir los pedidos, ordenó matar o lo hizo él mismo para protegerse y proteger las rutas de tránsito. El juez Cogan compartió la tesis de la acusación federal, que solicitó “una sentencia a perpetuidad garantiza la protección de la sociedad de nuevos crímenes del acusado, que ha dedicado tres década a sus acciones ilegales y obstruido la justicia para evitar la responsabilidad por esos crímenes”. La fiscalía insistió en la máxima contundencia. “Una sentencia a perpetuidad significa el castigo justo y proporciona una disuasión general para que otros capos del narcotráfico no se crean que están más allá del alcance de la ley”. La defensa, una vez que no logró la repetición del juicio por supuestas irregularidades entre los miembros del jurado, tenía muy poco margen.

El primero de los cargo, un delito continuado de empresa criminal, conlleva casi con seguridad la perpetua. El asunto quedaba a discreción del juez. “Las abrumadoras evidencias presentadas durante el juicio muestran al líder del cártel de Sinaloa como alguien despiadado y sanguinario”. Durante la vista oral hubo quien dijo que ordenó matar a uno de otra banda porque no le dio la mano o que ordenó enterrar vivos a colaboradores que lo habían traicionado. En su relato señaló que el acusado dispuso de una armada de sicarios que con frecuencia actuaban bajo las órdenes de su líder, quién a veces era él mismo el que ejecutaba esa violencia.

Así, “ordenó matar a aquellos que creía cooperaban con las fuerzas de seguridad”. En documentos que se mantuvieron sellados hasta este junio se describe que el Chapo requirió los servicios de un médico para reanimar a un hombre al que había torturado. Una vez que recuperó la conciencia, Guzmán y su gente continuaron con las torturas, aplicándole descargas eléctricas o arrancándole dientes. A lo largo de sus 25 años de mandato, el cártel experimentó nuevos métodos para escapar de la detección policía y transportar toneladas de cocaína desde Sudamérica a Estados Unidos. Fue pionero en construir túneles para sortear la frontera, pero también se sirvió de una flota de aviones o submarinos.

En su intervención, el Chapo también se lamentó de que su juicio no ha sido justo. “No hay justicia”, aseguró. Una vez afuera, Jeffrey Lichtman, su abogado, comentó a los periodistas que Guzmán no es un santo, pero se le ha denegado una justicia imparcial y acusó a los jurados de mentir al juez respecto a su compromiso de aislarse del caro durante la vista oral.

A la inversa, la fiscal Andrea Parlavecchio, una de las principales protagonistas respondió a la denuncia del Chapo sobre torturas que le sonaba muy irónico, que se quemara alguien que “no mostró ningún respeto por sus víctimas, a las que mató y persiguió, pero también a los que consumieron sus drogas. “Su fortuna es dinero ensangrentado” recalcó.

Todavía está por decidir a que cárcel lo enviarán para toda su vida. Dados sus alardes a lo Houdini, uno de los lugares que tiene más números es el penal de máxima seguridad ADX en Florence, Colorado. Hay quien ha definido ese centro como un lugar no diseñado para la humanidad.

Al acabar la sesión y con su cruz a cuestas, el Chapo le lanzó un beso a su esposa, Emma Coronel, una presencia permanente en la sala. La Vanguardia