El masón de botón Sol de Guayana 218

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El ingreso a la Masonería no garantiza al ser humano las bondades de la Orden. Esta hermandad universal requiere de esfuerzos y deberes que el común de los mortales no estaría dispuesto a asumirlo. Digo asumirlo, porque particularmente considero que la Masonería es una actitud ante la vida, más allá de gran sabiduría teórica, los grandilocuentes discursos y las ponposas reuniones.

Los masones zánganos, mediocres, que no practican lo que sostienen, son la destrucción y muerte de la Fraternidad. Estos son hombres que logran ser admitidos en una logia y entonces dedican sus actividades masónicas a extender su acción en elaborar un emblema o botón de solapa. Estos hombres se encuentran en todas las comunidades, también entre los masones.

Hacen uso de la Orden para satisfacer y fomentar sus propias miras y ambiciones. Son los hombres que declaran y manifiestan que creen en sus obligaciones, pero no hacen nada para vivirlas, sino quedan en el discurso, las intenciones, siendo aquellas cuya doctrina no se hace extensiva a su bolsillo, para la ayuda del hermano necesitado, sino que principia y termina en su alfiler masónico, en su dije de reloj o anillo.

El placer hermoso de ayudar a un hermano digno es un áspero y escabroso camino, pero es también un placer desconocido para ellos. Nunca han experimentado esa emoción, una de las más raras, el vivenciar el placer que proviene del conocimiento de que un ser ha sido ennoblecido, dulcificado y que se ha contribuido a su felicidad proveyendo una ayuda oportuna.

Sus desembolsos para los proyectos juiciosos entre sus asociados más ricos pueden, eventualmente, hacerlo alcanzar una posición elevada en alguno de los grados que la Masonería asigna como requisito previo para poder formar parte de ellos, pero aquel honor alcanzado una vez se tornará meramente en frutos del mar muerto. Esto es necesariamente una consecuencia natural, porque está de acuerdo con la ley inmutable de la vida, de que aquellos que son falsos con quien deposita su confianza, deberán sufrir el castigo. Y el masón de botón emblemático es falso a sus obligaciones masónicas, es falso también con todo aquello que es mejor, lo más elevado y sincero en la vida.

Tengan cuidado cuando se encuentren con este tipo de «iniciados», pues sus joyas podrían deslumbrarlos, pero no iluminarlos. Christian Gadea Saguier

 

MASONES EN EL PANTEÓN NACIONAL.
Como testimonio de la entrega masónica a la vida nacional, los restos de 37 masones se encuentran hoy en el Panteón Nacional, el templo en el cual el país ha querido inmortalizar a sus más importantes servidores: Lisandro Alvarado, Raimundo Andueza Palacio, Francisco Aranda, Juan Bautista Arismendi, Francisco de Paula Avendaño, Andrés Bello (cenotafio), José Francisco Bermúdez, Andrés Eloy Blanco, Rufino Blanco Fombona, José Félix Blanco, Simón Bolívar, Luis Brión, Manuel Ezequiel Bruzual, Juan José Conde, Lino de Clemente, Manuel María Echeandía, Juan Crisóstomo Falcón, Antonio Leocadio Guzmán, Tomás Lander, Francisco Linares Alcántara, Mariño, Francisco de Miranda (cenotafio), José Gregorio y José Tadeo Monagas, Juan de Dios Monzón, Daniel Florencio O’Leary, José Antonio Páez, Juan Antonio Pérez Bonalde, Judas Tadeo Piñango, Luis Razetti, Simón Rodríguez, José Tomás Sanabria, José Laurencio Silva, Carlos Soublette, Antonio José de Sucre (cenotafio), Diego Bautista Urbaneja y José María Vargas. Faltan que se cumplan los decretos Presidenciales de 1875 y 1899 de repatriar y trasladar al Panteón Nacional a los Presidentes de Venezuela Manuel Felipe Tovar y Tovar y Antonio Guzmán Blanco, cuyos restos se encuentran en los cementerios de Epinay y Passy de París, respectivamente, y quienes fueron grandes servidores de Venezuela y distinguidos miembros de la Masonería. La Masonería Venezolana trabaja actualmente en un programa de sostenido perfeccionamiento ético y espiritual de sus miembros y en un cuidadoso crecimiento que le permita enfrentar con éxito la incertidumbre y los desafíos del Siglo XXI. Edgar Perramón

logiasoldeguayana218@gmail.com