El Papa y los refugiados

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Una foto recorrió el mundo, llegó a casi todos los hogares y sacudió las conciencias. Fue la de Aylin, el niño sirio de tres años, emergiendo del Mediterráneo ahogado, por el hundimiento de la barcaza en que su familia intentó llegar a Europa.

96.000 adolescentes y niños no acompañados llegaron a Europa solo en el 2015, cuatro veces más que en el 2014, 30% de los muertos en el viaje en el Egeo fueron niños.

Forman parte de lo que Ban Ki-moon llama “la mayor crisis de refugiados de nuestro tiempo”. La revista inglesa The Economist caracteriza la respuesta diciendo que “el manejo de los flujos de refugiados no ha sido el mejor momento de Europa”. The Economist describe así la situación: “La crisis de los refugiados ha creado divisiones en Europa entre los países que han recibido a los refugiados como Alemania y Suecia y aquellos que no los han recibido como Hungría y Polonia. También ha exhibido las tensiones en el sistema de asilo de Europa como un conjunto”. Médicos sin Fronteras considera al manejo de los refugiados un “fracaso catastrófico de Europa”. A la debilidad de las acciones para impedir el naufragio de las frágiles barcazas repletas de familias sirias, afganas, iraquíes, de numerosos lugares de África, se sumó la xenofobia desatada contra ellos en varios países europeos, por los actualmente influyentes partidos de extrema derecha.

Una voz muy escuchada y querida en el mundo, la del Papa Francisco, se alzó contra ello.

Viajó a la isla de Lesbos en Grecia, principal punto de llegada de los inmigrantes que atraviesan el mar Egeo, y donde hay un campo Moria que concentra varios miles de inmigrantes. Lo hizo acompañado por el Patriarca de Constantinopla Bartolomé, y el Arzobispo de Atenas y toda Grecia Hieronymus, a quienes llamó sus hermanos. En Moria se amontonan encarcelados 4.000 refugiados de Siria, Pakistán, Afganistán, africanos, iraquíes, kurdos, yazidis (a quienes el ISIS ha tratado de exterminar). Antes de llegar el Papa explicó “Este es un viaje triste. Vamos a encontrarnos con la catástrofe humanitaria más grande desde la Segunda Guerra Mundial”.

Saludó uno por uno dándoles la mano a centenares, particularmente a los niños y las mujeres. Compartió una comida con ocho niños en un contenedor.

Del mismo modo que lo había hecho ante el Congreso de Estados Unidos, cuando resaltó que los refugiados eran personas iguales a cada uno de nosotros, señaló en Lesbos que no eran cifras estadísticas sino personas reales.

Con indignación resaltó a lo largo de su viaje “Europa es la patria de los derechos humanos y cualquiera que ponga su pie en su suelo debería percibirlo”. El Papa pidió desde el primer momento de la crisis a los conventos, e iglesias, que albergaran refugiados. Dijo “Los conventos vacíos no son nuestros. Son para la carne de Cristo que son los refugiados”.

En gesto que conmovió al mundo volvió de su viaje con tres familias de refugiados con seis niños, dos sirias y una expulsada por el ISIS que albergará el Vaticano, y se hallarán a cargo de la Comunidad de San Egidio.

Los tres líderes religiosos suscribieron una declaración conjunta dirigida al mundo: “Desde Lesbos lanzamos un mensaje a la comunidad internacional para que responda con valentía, que afronte esta crisis humanitaria masiva y sus causas adyacentes a través de iniciativas diplomáticas, políticas, y caritativas y a través de esfuerzos conjuntos en Medio Oriente y Europa”.

El dilema que formuló Francisco desde el inicio de su Papado, está planteado: “globalizar la indiferencia”, o “globalizar la solidaridad”.