Etnias indígenas persisten en situación de calle

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Hasta ahora, el éxodo de indígenas de las etnias Zaruma, Warao y Pemón a tierras guayanesas no ha sido determinado en su totalidad, sin embargo, hace más de 20 años que estas tribus invadieron porciones de terrenos donde practican un tipo de vida diferente a la que mantenían sus ancestros

Abandonaron sus espacios naturales buscando mejorar sus condiciones de vida, pero ahora permanecen en precarias condiciones.
Hace más de dos década que algunas áreas verdes de Ciudad Guayana vienen siendo habitadas por comunidades indígenas de las etnias Zaruma, Warao y Pemón, que se asentaron en Caroní para dar un vuelco total a sus costumbres ancestrales.
Provenientes de Delta Amacuro y otros estados venezolanos, más de 20 familias indígenas tomaron para sí un espacio de tierra ubicado frente al Terminal de San Félix, y otro en Puerto Ordaz, cerca del Destacamento 88, su actividad económica depende del comercio de las frutas de la época y de la caridad de personas que les dan lo que encuentren a la mano, no más de 20 Bs.

MEDIANAMENTE ATENDIDOS
Hace dos años, los gobiernos nacional, regional y municipal voltearon su mirada a estas familias, tras evaluar las precarias condiciones de vida que llevaban nuestros aborígenes.
Les ofrecieron viviendas en el sector Las Calderas, autopista Puerto Ordaz-Ciudad Bolívar, donde además de contar con una tierra fértil para el cultivo de la yuca, estaban cercanos al río Orinoco para la práctica de la pesca.
Pese a las buenas intenciones, fue muy poco tiempo el que estas familias indígenas pernoctaron en el lugar, pues antes de cumplir los dos meses, volvieron al lugar que años atrás habían ocupado.
Son numerosas las carencias y las enfermedades que ellos padecen, aunque, constantemente, la municipalidad organiza operativos especiales en materia de salud para prevenir las enfermedades infecto-contagiosas. También han intentado controlar los índices de natalidad.

TRANSCULTURIZADOS
Pese a que en un primer momento las etnias indígenas realizaban labores de tejido y cestería, estas costumbres milenarias han sido cambiadas en su totalidad, ahora unos pocos se dedican a la venta de frutas, mientras que otros permanecen en situación de calle.
Se desconocen los motivos reales por los cuales estas etnias indígenas decidieron apostarse en Guayana, no obstante, son innumerables las hipótesis que se manejan sobre este caso.
Desatención a la que están siendo expuestos en sus tierras ancestrales, pocas fuentes de trabajo, depresión económica en el estado Delta Amacuro, el proceso de aculturación promovido por las iglesias misioneras, el profundo deterioro ambiental que ha sufrido buena parte de las tierras deltaicas habitadas por los Warao, son, entre otros, factores agravantes que han forzado al pueblo indígena a iniciar un progresivo abandono de su hábitat desde finales de los años 70.

PEDIMENTO DE LA SOCIEDAD
Capacitarlos e introducirlos a la sociedad, es uno de los pedimentos que hacen los guayaneses como voceros de los más de mil indígenas que deambulan en las principales calles y avenidas de la urbe industrial para que puedan ser partícipes de sus derechos y vivan en condiciones estables, según lo que establecen las leyes venezolanas.

De acuerdo con lo establecido en el artículo 119 de la Constitución, «el Estado reconocerá la existencia de los pueblos y comunidades indígenas, su organización social, política y económica, sus culturas, usos y costumbres, idiomas y religiones, así como su hábitat y derechos originarios sobre las tierras que ancestral y tradicionalmente ocupan y que son necesarias para desarrollar y garantizar sus formas de vida. Corresponderá al Ejecutivo Nacional, con la participación de los pueblos indígenas, demarcar y garantizar el derecho a la propiedad colectiva de sus tierras, las cuales serán inalienables, imprescriptibles, inembargables e intransferibles de acuerdo con lo establecido en esta Constitución y en la ley».

ADOPTARON COSTUMBRES
En Caroní, hace más de diez años que se viene presentando un fenómeno muy particular: los pobladores indígenas ya no solo se dedican a la mendicidad en los semáforos de la ciudad, sino que han adoptado costumbres alejadas a sus creencias y realidades. En un principio, las mujeres, con sus pequeños hijos, permanecían todo un día pidiendo una limosna a cuanto conductor se acercaban, con el tiempo esta costumbre fue puesta en práctica por las aborígenes más jóvenes. La actividad se repite en cada generación, pues en los más pequeños se nota la misma actitud.