¡Gente tóxica!

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En un artículo anterior les hablé de los pecados capitales según mi madre, y comencé con la avaricia. Hoy quisiera hablarles de la envidia, la cual se caracteriza por un deseo insaciable de disfrutar con la desgracia de los demás.

Sin embargo; difiere de la avaricia por dos grandes razones: Primero, la avaricia está más asociada con bienes materiales, mientras que la envidia puede ser más general; segundo, aquellos que cometen el pecado de la envidia desean algo que alguien tiene, percibiendo que a ellos les hace falta o no pueden conseguirlo; y por consiguiente desean el mal al prójimo, y se sienten bien con ese mal ajeno; ya que el solo hecho de que alguien lo tenga y ellos no, les enferma y prefieren que nadie lo tenga, si ellos no lo pueden tener.
En el purgatorio de Dante, el castigo para los envidiosos era el de cerrarles sus ojos y cosérselos, para simplemente privarlos del placer que recibían al ver cómo otros caían; y llegaba a ser aún más placentero al ver a otros caer, mientras ellos surgían.
La envidia es mil veces más terrible que el hambre, porque es hambre espiritual, y es silenciosa, creciendo precisamente allí en forma silente, hasta que termina siendo una pasión cobarde y vergonzosa, que nadie se atreve nunca a admitir. Por eso, uno debería ser rígido y crítico con uno mismo, pero tratar de ser condescendiente con los demás.
De este modo uno tiene más posibilidades de ser libre de toda envidia y resentimiento. ¡Dos terribles males que atentan contra la felicidad de la persona, a pesar de que los envidiosos no se den cuenta!
La envidia llega incluso a ser peor que los celos, ya que en cierto modo los celos son algo justo y razonable, puesto que tiende a conservar un bien que nos pertenece o que creemos que nos pertenece; mientras que la envidia es un furor que no puede tolerar el bien ajeno; aprovechando cualquier ocasión para perjudicar a los demás y sintiendo un gran placer en hacerlo.
Eso es precisamente lo que hace la envidia ¡Te alimenta y al mismo tiempo te va pudriendo!
Es triste pensar, que a algunos seres humanos sólo las desgracias de los demás, alimentan su felicidad. Son aquellos que toman el éxito de los otros como una amenaza al suyo; entendiendo erróneamente que si la vida de los otros empeora, automáticamente mejora la de ellos.
¡Es gente tóxica! De la que hay que estar lo más lejos posible, o se corre el riesgo de terminar contaminado. No es fácil, porque están por todas partes, y muchas veces disfrazados de amigos, compañeros de trabajo o inclusive familia.
Sus críticas son envenenadas, e injustificadas en la mayoría de los casos, y cuya única finalidad es destruir. ¡Alimentan su disfrute con las desgracias ajenas!
En el mundo existen dos grandes grupos de personas; aquellos que hacen lo posible para que el mundo sea cada día un poco mejor, y los que hacen que cada día sea un poco peor.
Este segundo grupo es el de los envidiosos, los grises de pensamiento, gente que está descontenta de su vida y que lo único que está dispuesta a hacer para cambiar ese hecho no es mejorar su entorno, sino empeorar el de los otros; criticándolos no con la razón, sino con la envidia.
¡Para hacer mal cualquiera es poderoso! Ese mal que se gesta en el vientre del envidioso y el resentido. Mi madre siempre me decía: «Carlos, vivir es hacer aquello que tiene significado, y encontrar significado en aquello que hacemos». Todo lo contrario de la gente tóxica… de la gente envidiosa.
¿Será que no tuvieron madre?
cdoradof@hotmail.com