Hablando de refugiados

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Europa está sufriendo la mayor crisis migratoria después de la Segunda Guerra Mundial. Tan solo en los primeros meses del presente año 2015 se ha registrado un éxodo de más de 300.000 personas de las cuales casi el 60% procede de Siria huyendo de las crueldades de la guerra civil y de las atrocidades del autodenominado Estado Islámico que pretende imponer su religión y cultura por la fuerza de las armas. El 40% restante se origina en otros países del Medio Oriente y del Norte de África.

El trato a estas personas en cada país receptor varía según su propia legislación, la concepción política de cada gobierno y por las manifestaciones de sus respectivos habitantes. Al principio, ante esta avalancha humana, la reacción de los países europeos de tránsito o los receptores finales fue tímida, asustadiza y casi xenófoba. Sin embargo, al poco tiempo, la actitud general ha sido de comprensión y solidaridad, al tomar conciencia de la trágica realidad, si bien aún existen imprecisiones sobre la forma definitiva de proceder.

 

Europa ha recordado diversos momentos históricos en los que sufrió por situaciones parecidas, con centenares de miles de personas huyendo de persecuciones religiosas, políticas, étnicas, de la guerra, de las dictaduras y de la opresión. Judíos, gitanos y otros grupos durante la ocupación nazi. Republicanos españoles tras la derrota en la guerra civil. Revolucionarios húngaros a raíz de sus manifestaciones antiestalinistas.

 

Sobre esta situación ha surgido la discusión sobre si estas personas son emigrantes o refugiados, ya que su calificación tiene distintas connotaciones jurídicas y políticas. Los emigrantes, por definición, son personas que se trasladan de su propio país a otro con el fin de trabajar en él de manera estable. Sin embargo dentro de esta definición general, existen varias modalidades con diferencias significativas.

El emigrante, en su concepción más universal, es la persona que con ilusión y esperanza se traslada voluntariamente a otro país con la intención de establecerse en forma definitiva en busca de mejores oportunidades de trabajo, de educación, elevar su nivel de vida y en muchos casos formar nuevos hogares. En este caso los países receptores no adquieren compromisos con los inmigrantes. Por el contrario, el concepto de refugiados se aplica a las personas que, si bien por definición también son emigrantes, existen trágicas circunstancias que las han obligado a abandonar su país ante el temor de perder la vida y haber perdido sus hogares debido a la violen cia, guerras internas o persecuciones religiosas, étnicas o políticas. Los refugiados deben ser tratados por los países receptores conforme a las normas internacionales sobre derechos humanos.

 

En días recientes, varios países americanos se han ofrecido a recibir parte de estos refugiados. Sin embargo, aún existen quienes niegan cualquier ayuda a los refugiados. El primer ministro israelí Netanyahu ha expresado que «Vamos a rodear Israel con una valla para impedir que nos sea inundado con infiltrados, trabajadores inmigrantes o terroristas».

 

Sobre este particular, es de observar que el terrorismo, como cualquier otro delito, es de carácter individual, sometido al peso de la ley después de un estudio de cada caso particular. Por eso es injusto castigar en forma generalizada a grupos de personas, sean inmigrantes, refugiados o deportados, cuya inmensa mayoría está compuesta por trabajadores honestos.

josevicenterodriguez.aznar@gmail.com