Hipócrates, fuera de juego

0
95

Emociona profundamente comprender, compartir o vivir todo juramento que exalte el compromiso que en un momento especial, se hace ante Dios y ante la patria. O sencillamente, ante pares y ante la comunidad dada la responsabilidad que ética y socialmente se asume a conciencia de las implicaciones que en adelante deberán reconocerse y aceptarse. Aunque pueda notarse ciertas diferencias en su intención primigenia entre el juramento que hace el oficial militar y el que pronuncia el médico al recibirse académicamente, sus propósitos últimos no marcan distancia entre sí. Ambos son públicos. También fungen como guías del oficio a emprender. Se hace a conciencia de la obligación que en lo sucesivo ha de asumirse indistintamente de las condiciones que marquen las realidades. No obstante, las frivolidades que encauzan la dinámica político-económica, ha tendido a desvirtuar la compostura de profesiones que en un principio, se atienen al rito que constituye el juramento en cuestión. Y que además se plantean un resultado que benefició a la sociedad a la cual se debe la persona que hace su juramento en aras de la verdad concebida.

Pese a tan enaltecidas consideraciones, se han advertido graves perturbaciones alrededor de lo que en sí mismo configura la actividad profesional. Posiblemente, sea propio admitir que existan cuadros profesionales para los cuales la traición o la infamia sean asumidas como presunta necesidad por razones que bien puede explicar la ausencia de valores o de dignidad en medio de una situación dominada por la codicia o el egoísmo. O simplemente, por la confusión, la ineptitud o la desinformación, para decir lo menos.

Sin embargo, esto no es lo que define exactamente la actividad del médico como profesional universitario, quien desde un primer momento, jura «consagrar su vida al servicio de la humanidad». Más aún, su juramento aduce que no permitirá que entre su deber y el enfermo «vengan a interponerse consideraciones de religión, de nacionalidad, de raza, partido o clase» que depongan su honor y las nobles tradiciones de la profesión médica. Este compromiso asumido en memoria del médico griego Hipócrates (siglo V a.C.) exhorta a estos profesionales a apegar su labor a un código de comportamiento universalmente aceptado. De este modo, el trabajo médico, además de reposar en un concepto moral llamado: conciencia individual, busca esmerarse en lo que realiza para así demostrar que su actividad debe desarrollarla con el mayor respeto por la vida de sus semejantes.

Este exordio, cabe como argumento válido y de peso para contrarrestar hechos sucedidos con base en la coerción que algunos factores del autoritarismo, quizás subvertidos, han pretendido impulsar a partir de excusas infundadas. Por supuesto, lo realmente crudo en acontecimientos de tan indigno tenor, pueden ser reflejo de razones contingentes ancladas en la amenaza como recurso de poder. El problema que encierra esta explicación, tiene que ver con la criminalización del auxilio al herido. O sea, la manera más aberrante de negar el más excelso derecho humano relacionado con el amparo a la vida para lo cual todo precepto constitucional concebido para regir una nación cuyo sistema político sea la democracia en todas sus manifestaciones, refiere la salud como un derecho social fundamental.

antoniomonagas@gmail.com