La delincuencia política bajo la carpa del circo

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Cuando se definió que la política «es una actividad orientada en forma ideológica a la toma de decisiones de un grupo para alcanzar ciertos objetivos…», se le dio comienzo a un trabillar de vida con todos sus matices para poner en movimiento cualquier tipo de ideas que bien pudieran servir hasta para que un loro hablará. Los pensadores de aquella época también la catalogaron como una ciencia de avanzada en los asuntos cotidianos de la sociedad; cada quien tomó para su lado los estudios científicos de esta nueva modalidad de agrupación; entonces nacieron los partidos políticos y con ello la entrada de cualquier persona que se sintiera útil en la solidaridad necesaria para el suscitado debate.

Además, entendida la política partidista de esa manera, nacieron los abusos de poder dándoles fuerza beligerante a los militares para que, a través del mandato dictatorial, hacerse del ordenamiento jurídico para cercenar las libertades ciudadanas. De todas estas circunstancias se aprovecharon los políticos de orilla para cometer sus fechorías hasta hoy cuando andan en rueda libre por los caminos que les permite el accionar político que los distingue de la moral y la ética como fundamento de civilismo dotado de democracia. Tanto así que en este desgobierno, los delincuentes políticos están haciendo su agosto en diciembre cuando se convierten en intocables, incluidos los privados de libertad que tras los barrotes controlan hasta la criminalidad que baña de sangre las calles de Venezuela.

Estos bichos con uñas no tienen discurso político apropiado para captar a nadie en su proselitismo, pero son bárbaros arbitrantes en los negocios de contratos fraudulentos, secuestros y asesinatos, amedrentamientos y torturas; narcotráfico y contrabando y acusantes desproporcionados para debilitar al otro. Tapan su trapacería con dinero mal habido producto de esos negociados que se dan en los bajo fondos. Algunos más descarados que otros un pepino se lo jactan publicitando puro rostro burlón maquillados para la ocasión. Son elementos que delinquen utilizando la política para infiltrarse y llamar la atención sobre lo que son capaces de hacer hasta romper el hilo constitucional. El Padre José Palmar al respecto ha dicho: «…este es un narcoestado que vive de la droga, aquí gobiernan los militares, los empresarios y los políticos narcotraficantes. Esta es la realidad del país» (La Razón, pág. 8. 14 al 26 de Julio2015).

Para estas próximas elecciones van con todo y ese ropaje de benefactores regalando carros, dinero, artefactos eléctricos, aguardiente y comida, mujeres en rumbas y hombres aparejados con su especie, en actos públicos protegidos por la fuerza del despotismo. Un sancocho es bueno para que se reúnan la maledicencia y el vicio y compartir abrazos con ese desmadre delictivo que es la descomposición moral que nace por la carencia de un estado protector de la sociedad. El desgobierno recurre a estos especímenes cuando ve que sus prédicas socialistas cayeron en desgracia y el que se fue dejó a estos nauseabundos grupos para defender su legado; nada más y nada menos, que lo más podrido de la sociedad.

Ya este ensayo político que ha vivido en pueblo venezolano en estos últimos 16 años, llegó a su fin y para corroborarlo está presente el desabastecimiento en todos los establecimientos comerciales públicos y privados y de asistencia social; la inseguridad que mantiene enjaulados a la mayoría de los habitantes del país; el intervencionismo del Estado en todo el aparato productivo nacional; la educación en todas sus escalas es de muy baja calidad y no hay estima para los avances científicos; abundancia exagerada de la delincuencia y la fechoría, y esta última plaga que busca espacio político para seguir con su crimen de lesa humanidad.