La ética del real y medio

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El gobierno parte, comparte y siempre se queda con la mejor parte. Como lo relata la canción infantil, el régimen es un obseso de la acumulación.

Tiene, por ejemplo, 7245 establecimientos de distribución de alimentos y bienes esenciales, y cuenta con 14 conglomerados en los que se distribuyen 294 empresas productoras de alimentos.

Pero nada de eso tiene alguna significación porque no producen nada. El 80 % de los productos que se expenden en la red Mercal-Bicentenario son de origen privado, que trabaja a toda la capacidad que les resulta posible en condiciones de extrema turbulencia y acoso gubernamental. La red oficial no le llega al pueblo. Solamente un 22 % de los venezolanos reconocen usarla. Y de esos, la porción menor es la de los estratos más pobres, que no pueden lidiar con las colas, la inconsistencia y los maltratos que sufren para recibir su ración de escasez. Cuando se es muy pobre y se trabaja a destajo, si dedicas el día completo a hacer la cola ese día no tienes ingreso y por lo tanto ninguna posibilidad de comprar nada. Eso tal vez esté lejos de la capacidad de comprensión del gobierno que trabaja en horario de oficina. No logran entender que los establecimientos privados, que alguna vez intentaron trabajar 24 horas, estaban haciendo más llevadera la condición atroz de los que solo tienen un breve tiempo al final del día para comprar lo que escasamente les alcanza con poco menos que un salario mínimo. El régimen no tiene el talante de reconocer el aporte del sector privado. Hay algo de mezquindad crónica en la conciencia socialista. Lo de ellos es «su real y medio».

Pero el gobierno se hace el loco con sus empresas improductivas. De eso no suele hablar. No dice que a pesar de tener el 50 % de la capacidad productiva de harina precocida de maíz, sus marcas son espectrales, nadie las consigue, nadie las ve en las alacenas, nadie puede comprarlas. El socialismo del siglo XXI se hace el loco con sus empresas pero está obsesionado con las empresas ajenas. Debe ser esa mezcla tóxica de envidia y resentimiento. Ellos que no logran ofrecer un kilo de ninguno de sus productos no entienden que eso es imposible sin trabajo productivo, gerencia eficiente y mucha tecnología. Esa es la combinación que está detrás de cada una de las empresas que siguen abiertas. Ellos no lo saben o no lo quieren saber, porque se cuentan por miles las inspecciones que se practican para buscarles la caída. Bastaría un papel mal puesto, la queja de un trabajador resentido o un hecho fortuito cualquiera para que ellos comiencen a degustar la amenaza, la confiscación, el cierre, la cárcel. Hace rato se hubieran muerto por inanición y descuido todo ese zoológico coleccionado a través de la más grosera expoliación. El ciudadano común está harto de esta competencia entre populistas que se pagan y se dan el vuelto. Exige seriedad y cercanía. Quieren empatía pero con claridad de objetivos. Y eso solo será posible haciendo buenos diagnósticos y proclamando la verdad. El que tenga oídos para oír, que oiga.

victormaldonadoc@gmail.com