La máquina de resignificación

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A la larga, está el más poderoso y cruel recurso del Estado: su poder simbólico. Todo lo que toca e interpreta, se impone.

O, por lo menos, con la (auto) censura y el bloqueo informativo, cuesta un mundo compensarlo y superarlo. Así se puede hablar de una cultura del totalitarismo arrancando de la propi Hannah Arendt. Si no, vean el desastre del famoso 11-A: logró neutralizar el número de muertos y heridos víctimas de aquello que Tiburón I decidió. Hasta hubo familiares de las víctimas que cayeron en la versión oficial gratuita y voluntariamente.

La macabra oposición los mató. Todo corrió y corre por cuenta de esas infernales campañas de propaganda y de publicidad que tienen por objetivo no otra cosa que la de renombrar las cosas, darle otros significados. Solamente eso se logra cuando hay plata para montarlo y sacarlo adelante, además de escasos escrúpulos. Incluyendo, cuando hay psicólogos sociales como implementadores. Por eso, los 43 jóvenes muertos en 2014 se debe a todo el mundo, a los guarimberos y a la oposición más pacífica y democrática que puede existir, menos al gobierno y a las fuerzas represivas con las que abiertamente cuenta. De esas lamentables muertes ya ni habla la oposición, porque – faltando poco – ganaron los que corrieron a Miraflores a dialogar frente a los propulsores de la célebre Salida.

Pasaba por el centro de Caracas un domingo que anduve de metro y de camioneta por puesto, buscando un repuesto para el carro en la otra punta de la ciudad que logré que me vendieran en un día tan desacostumbrado y, oh sorpresa, la avenida Baralt estaba paralizada. Un camión de torpe logotipo de la Policía Metropolitana era el protagonista. Filmaban algunas escenas para una película o un «spot» publicitario sobre el 11-A. Nadie me supo precisar la cosa. Lo cierto es que, con mi repuesto en mano, envuelto en periódicos y escondido en una bolsa negra, por si acaso, tomé la gráfica. Llegué triste a la casa, pues ¿cómo luchar contra esa maquinaria infernal de la resignificación, falsificación o adulteración de los hechos? ¿Bastará la radio-bemba para detenerlo? ¿No lo facilita una cultura de la resignación, aunque se digan otras cosas, de la mismísima dirigencia opositora? Esperaré a ver. ¿Una película o una pieza para la más sórdida propaganda?