La probidad 05-10

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En cualquier circunstancia –también en la profesional- la gente se conoce por sus realizaciones, y por la forma como las construye. La probidad es la cualidad que permite tomar buenas decisiones, con rectitud moral y sobre la base de criterios de honestidad. Una persona íntegra es capaz de diferenciar cuál es la mejor conducta en relación con los espacios, tiempos y contextos en los que tiene que desempeñarla. No confunde de ninguna manera las relaciones personales con las profesionales ni mezcla su vida y activos privados con sus roles públicos y los bienes que se ponen a disposición para desempeñarlos.

La probidad es también un límite que impide hacer cualquier cosa, tomar cualquier riesgo y aspirar a cualquier resultado. El hombre probo se ciñe a lo que puede y debe hacer y rechaza el relativismo moral cuya consigna propone que «a la hora de las chiquitas cualquier cosa es válida». En el plano de sus deberes irrenunciables nunca deja fuera los acuerdos y compromisos asumidos, aun cuando ello le signifique costo, renunciación o postergación de satisfacciones. Para la persona honesta «la salsa que es buena para el pavo también es buena para la pava». No viola las reglas pero tampoco las reinterpreta casuísticamente. No pone excusas para no hacer lo debido y tampoco argumenta lo que hace pero que no debería haber hecho.

 

La probidad gusta de la transparencia. Piensa lo que dice, dice lo que hace y hace lo que ha prometido. No se hace el loco ni piensa que los demás están locos. Presenta resultados, rinde cuentas y es responsable por su desempeño. Sus conocimientos y talentos están al servicio de las metas de la organización y no saca provechos personales de información confidencial y recursos puestos a su disposición. En cualquier actividad que se emprenda significa que se actúa bajo un compromiso personal con la honestidad, la franqueza y la justicia.

 

La probidad evita los excesos y deplora los maltratos a la dignidad de las personas. Intenta la rectitud y se mantiene alerta para reconocerle a cada uno lo que en virtud de sus realizaciones efectivamente merece. No es una consigna. Tampoco un emblema. Mucho menos un escudo. Es una forma de vida, de apreciar a los demás y de construir un mundo mejor. Desde la probidad el poder se convierte en liderazgo y la autoridad se convierte en guía para la acción. El líder íntegro transmite serenidad, practica la tolerancia y promueve la equidad. El liderazgo ético no se impone sino que se mueve dentro de confines perfectamente definidos entre lo que se debe hacer y aquello que de ninguna manera se puede hacer. El profesional decente sabe lo que debe hacer y lo hace. Sabe que lo que le conviene es hacer lo debido y lo practica. Y no acepta de los demás la desviación por vergüenza o por temor.

 

La falta de probidad se expresa en irritación y una necesidad perentoria para evitar temas que comprometen o circunstancias en las que no pueden rendir cuentas. El líder honrado da explicaciones y está abierto a cualquier escrutinio. Es responsable y está dispuesto a asumir las consecuencias que provocan sus propios actos. Es sincero, se expresa sin fingimiento, con sencillez y veracidad. Se encuentra exento de hipocresía y simulación.

 

Practica la confianza y se siente retribuido por el respeto, la comprensión, el aliento y la acogida de los demás. Mantiene relaciones profesionales tolerantes y cordiales, afianzándose en el esfuerzo por mejorar constantemente y la superación de las dificultades. No duda ni es imprudente.

 

La integridad proporciona serenidad y paz. El que practica la probidad se caracteriza por poseer un equilibrio psíquico, sentimientos altruistas y ausencia de conflictos entre su corazón y su mente. Duerme bien y mantiene el sentido de humor. La probidad enriquece la autoestima, mejora el desempeño profesional y refuerza la resiliencia de los que la practican.

@vjmc