Libertad y liberación

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Hace ya unos años Erich Fromm escribió un libro que tituló El miedo a la libertad, por pensar que la mayor parte de las personas no se atreven a ser libres y le tienen mucho miedo a la libertad. Por ello, confunden la libertad con su opuesto, con la dependencia, con las cadenas. Dicen que son libres porque hacen lo que quieren, «lo que les apetece o les da la gana», porque se han liberado de normas, leyes y principios éticos y así terminan esclavizándose al capricho, al egoísmo, a los vicios. La supresión de obligaciones y normas, dejarse llevar por el instinto o el capricho, deja al descubierto una personalidad inmadura y sin dominio de sí.


Una vida sin libertad no merece ser vivida. Pero una supuesta libertad que no respeta la vida y llena al mundo de cadenas, es opresión y barbarie. La libertad se ejerce en consecuencia como liberación. Para ser auténticamente libres debemos analizar a qué estamos encadenados: poder, miedos, objetos, dinero, flojera, títulos, alcohol, droga, lujuria, violencia… y emprender el camino arduo y exigente de irse liberando de esas ataduras. En definitiva, no es libre el que hace lo que quiere, sino el que hace voluntariamente lo que debe. Libre es aquella persona que actúa según su conciencia y nadie ni nada tiene poder sobre ella.

 

Por ello, en nuestro mundo que tanto vocea y defiende la libertad, cada día escasean más las personas auténticamente libres. Sólo el que lucha por irse liberando de sus cadenas internas, podrá contribuir a una auténtica liberación de las cadenas externas de la opresión, la sumisión, y la injusticia. Con corazones aferrados al poder, nunca construiremos verdadera democracia participativa; con corazones aferrados al tener, nunca acabaremos con la corrupción; con corazones llenos de rabia, rencor y violencia, nunca construiremos la paz.

 

Porque podríamos preguntarnos: ¿Quién es libre: el que aplaude las ofensas porque todo el mundo lo hace o el que expresa su indignación con su silencio? ¿El que se aprovecha de los beneficios del poder o el que, fiel a su conciencia, es capaz de llevar una vida sencilla y austera? ¿El que se atreve a expresar su opinión y sus críticas sin temor a las consecuencias, o el que se autocensura y se calla por miedo a lo que pueda sucederle?

Hacer lo que uno cree que debe hacer supone muchas veces un gran esfuerzo. En consecuencia, para ser hoy libres, hace falta mucho valor y fortaleza de carácter, voluntad, sacudirse los miedos y levantarse con decisión a la conquista de sí mismo, lo cual implica coraje para recorrer un camino de esfuerzo y vencimiento, en contra del egoísmo, el rebaño o la manada.

Educar, por consiguiente, es ayudar a alcanzar la autonomía, a cumplir voluntariamente con las obligaciones y a decidir con responsabilidad, lo que supone un alto nivel de exigencia. Una educación que no enseñe la libertad es una educación fracasada y para el fracaso. De nada sirve exigir la libertad de enseñanza si no somos capaces de enseñar la libertad.

Para educar la libertad se necesitan educadores libres, ejemplos de responsabilidad y de creatividad, capaces de enfrentar educativamente situaciones imprevistas y de inventar cada día la educación necesaria. Educador no es el que adoctrina, amaestra o coacciona, el que logra la disciplina meramente por temor al castigo, sino el que va ayudando a los alumnos a responsabilizarse y a cumplir voluntariamente con su deber, es decir, a actuar de un modo autónomo.

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