¡LOS 7 PECADOS CAPITALES DE MI MADRE!

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¡Yo no sé si mi madre era una sabia de la vida, o todas las madres son sabias!; pero cuando me pongo a pensar en mis conversaciones con ella, no puedo dejar de destacar su gran sabiduría con palabras, dichos y hechos que se convierten en una gran enseñanza de vida.

Recuerdo, una de las frases que más usaba: «Carlos, yo no soy tu amiga; soy tu madre», me imagino que lo decía para marcar muy bien la distancia entre un hijo y una madre, donde lo importante para ella no era ser mi amiga, sino ser mi madre; y como tal, siempre supo ejercer muy bien su rol.

Ella siempre fue una gran revolucionaria del pensamiento, y solía decirme: «Carlos, si todo el mundo cumpliese con los diez mandamientos, y no se cayese en los pecados capitales; sería suficiente para hacer la verdadera y más grande revolución en el mundo». Pero, también lo fue de hecho, ya que durante toda su vida no sólo cumplió con lo que predicaba, sino que se dejó el pellejo, trabajando duramente junto a mi padre, con mucha austeridad y sacrificio; para que sus hijos tuviesen la oportunidad de lograr una vida mejor, y eso: ¡sí que es una verdadera revolución!

Cuando me quejaba de algo, o cuando no lograba lo que quería, siempre me decía: «Carlos los mandamientos, y los pecados capitales». Y dependiendo de la naturaleza de mi queja o de mi preocupación, siempre había un mandamiento o un pecado capital que encajaba perfectamente como explicación o como solución, o al menos como antídoto.

Una de las que más le desagradaba, porque me decía que conspiraba contra la felicidad de una persona era: la avaricia. De hecho, ella dentro de su pobreza siempre fue una mujer muy generosa, argumentando que es mejor y da más felicidad: ¡El dar que el recibir! Por ello decía que a los generosos les hace feliz ver a otros ser felices y viceversa; y a los avaros los hace ser infelices viendo a otros felices y viceversa.

Siempre solía explicarme que la avaricia es un pecado de excesos, y que el mismo encierra dentro de sí otros muchos pecados como: la deslealtad, la traición, y el egoísmo. Ella era una firme creyente de que en la vida todos los excesos eran malos, incluyendo los placeres.

¡Hasta el veneno en su justa medida, puede curar!
Cuando conversábamos sobre ello decía: «Para nuestra avaricia lo mucho es poco; y para nuestra necesidad, lo poco es mucho; y puede ser que a la pobreza le falten muchas cosas; pero a la avaricia le faltan todas. No importa lo que se tenga, el virus de la avaricia siempre nos lo hará ver como que es poco, y en muchas ocasiones por culpa de este virus terminamos perdiendo todo, por quererlo precisamente todo»

La avaricia no le permite a la mayoría de la gente apreciar lo que tiene, independientemente de si es mucho o es poco, y sólo cuando lo pierden es que se dan cuenta de lo que tenían, y lo añoran; pero a veces ya es demasiado tarde. ¡Éramos felices y no lo sabíamos! Cuántas veces recuerdo esta frase.

También me solía citar a Gandhi, cada vez que hablábamos de este pecado capital: «Los hombres pasan la mayor parte de su vida perdiendo la salud, en su deseo de obtener dinero, y el resto de lo que les queda; usando todo su dinero para obtener salud»

La avaricia es tan mala consejera, que si le dieses el universo, ella pediría los hoyos negros. ¡Simplemente no tiene límite!, y me recomendaba continuamente que lo más importante es ser dueño de lo que uno tiene, sea poco o mucho; y no ser esclavo de lo que se tiene.
cdoradof@hotmail.com