Los Waraos en Caroní se cansaron de ser objetos politizados

0
541

«Somos personas normales como los criollos… Muchos rumores corren que somos violentos, incluso, de que comemos carne humana (risas)… Tenemos deseos de superarnos e integrarnos cada día más a la ciudad», afirma Regni, quien es hijo de Feliciano Bastardo, el Cacique de la Comunidad Indígena Riviera, ubicada en el centro de Puerto Ordaz.


Los adolescentes aborígenes que hacen vida en el lugar, reflejan a ciencia cierta su integración con el esnobismo que envuelve la globalización; su apariencia, muestra un contraste claro de los apegos culturales de sus mayores con respecto a la realidad que ellos viven. Sus ojos brillan ante la posibilidad de hacer una vida normal gozando de los derechos, beneficios y placeres que brinda el ser un citadino.

Regni es estudiante del segundo semestre de Comunicación Social en la Universidad Católica Andrés Bello-Guayana. Vistiendo un «skinny jean», una franela ajustada, unos zapatos Vans rojos y buena actitud, el hijo de la autoridad mayor de la comunidad originaria cuenta que a los siete años llegó a Puerto Ordaz. Aunque su castellano no es totalmente fluido, su educación, respeto y tolerancia no necesitan de muchos matices para entreverse cuando se expresa.

ÉXODO
A finales de la década de los 60, la Corporación Venezolana de Guayana (CVG) inició un ambicioso proyecto de saneamiento de tierras en el Delta del Orinoco. El objetivo era proteger de las inundaciones a las islas de Tucupita, Macareno, Manamito, Cocuina y Guara, sin embargo, la primera y más importante construcción de un sistema de diques se tradujo en la devastadora destrucción de cuantiosas comunidades de Waraos que habitaban en las adyacencias. El bloqueo de Caño Manamo fue inminente para esta población, motivo por el cual muchos de ellos comenzaron a migrar.

En 1990 se propagó una epidemia de cólera en las zonas rurales del Delta, una gran parte de la población murió. Para la época, se registró el mayor éxodo de esta etnia: familias enteras comenzaron a distribuirse en diversos terrenos de Guayana, donde veían factible el resguardo de su gente y las condiciones para vivir.

En Caroní, luego de varios desalojos que han sufrido, los Waraos actualmente están distribuidos en cinco comunidades. En San Félix hay tres grupos: uno frente al Terminal de Pasajeros, otro sobre la vía hacia la población de El Pao y otro en las adyacencias del sector Chirica Vieja.

En Puerto Ordaz son dos las comunidades originarias: una al final de la avenida Ciudad Bolívar y otra en la zona de Cambalache.
Durante más de 25 años los Waraos han sido víctimas de maltratos, burlas y abusos por parte de los gobiernos municipales que han pasado por la entidad.

Regni recuerda que hace unos años hubo un proyecto en el que se les ofreció un plan de vivienda y se les prometió la reubicación en casas dignas para sus familias. En ese entonces, las ilusiones de estas comunidades se fugaron junto con la palabra de políticos que se acuerdan de ellos solo en época electoral, y si acaso. «En ese momento sí aceptamos el hecho de regresarnos al campo, ahorita no», afirma el futuro comunicador.

PIES DESCALZOS
Los niños Waraos corretean felices por doquier, unos con ropa otros a medio vestir, pareciera que la vida está al pie de sus deseos. Lo que encuentran a la mano, bien sea «palitos, hojas, piedras, potes», son los objetos más increíbles para dar rienda suelta a sus juegos. Entre los semáforos, las plazas e improvisadas viviendas se cuentan los días, es como si la inocencia desconociera la necesidad.

El asfalto hirviendo no es una limitante para esos pies descalzos que se acercan a transeúntes y choferes a ofrecerles artesanías, mismas que las mujeres de la etnia elaboran. Esta es una de las costumbres que se mantiene vigente en la identidad de los Waraos; las madres fabrican collares, pulseras y adornos, como fuente de ingreso para subsistir.

Los hombres se dedican al trabajo urbano, mayormente son contratados para desmalezar, barrer, cargar, limpiar; quehaceres que no requieren mucha preparación más que la mano de obra y la necesidad de ganar dinero, que asegure el alimento para su familia.

Sin embargo, la denuncia no se puede omitir, los contratistas se valen de la vulnerabilidad de los derechos y garantías de la población indígena, pagándoles lo que les parece y cuando quieren, abusando de su condición e humillándolos.

Los Waraos sienten que han sido burlados, están cansados de ser usados como objetos de propaganda política. Las promesas se quedan en los periodos de campaña. «No hemos visto cambios ni mejorías, aquí seguimos desde hace años, nos usan según la conveniencia de un grupo político o del adverso… No recibimos subsidio del estado ni de instituciones privadas, la ayuda que nos llega es de personas particulares que acercan y voluntariamente nos apoyan», señalaron.

REPRESENTACIÓN INDÍGENA
Los candidatos a la Asamblea Nacional divulgaron sus propuestas, y aunque la credibilidad entre la población aborigen está entre dicha, solo los votos determinaron el triunfo.

Zoila Yánez, candidata del Consejo Nacional Indio de Venezuela (Conive), precisó durante su campaña: «Nadie nos quitará lo que es nuestro, porque los pueblos indígenas tenemos conciencia y estamos dispuestos a dar la batalla con nuestra mayor fuerza para salir victoriosos».

Por su parte, Gladys Guaipo, candidata del Parlamento Indígena Venezolano (Parlinve), , mantuvo en sus propuestas la prioridad de rescatar los valores de los pueblos originarios, asegurando el regreso de los indígenas a sus pueblos con la garantía de un porvenir.

La realidad que viven los Waraos es muy distante a las promesas de sus representantes. Ellos hicieron vida en la ciudad, hay una población numerosa con ganas de desarrollarse y llevar una vida normal como ciudadanos; con derecho a la vida, a la educación, a la salud, al trabajo, a una vivienda digna. Son seres humanos con metas y sueños que aspiran la tolerancia y el respeto de quienes hoy, junto a ellos, comparten un mismo suelo: Guayana.

Cifras
Más de 600 Waraos integran la población originaria en el municipio. En la Comunidad Indígena Riviera son 102 los que hacen vida: 67 adultos -entre mujeres y hombres- y 35 niños, de los cuales 24 reciben clases en la Unidad Educativa Nacional Intercultural Bilingüe Nobotomo Kokotuka, que funciona dentro de su misma comunidad. Además, hay cinco de los pequeños que estudian en el Colegio Diego de Ordaz. Regni Bastardo es el único universitario.