Médicos: pobres y frustrados

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Una de las profesiones más hermosas y útil a la humanidad es, sin lugar a dudas, la médica. Desde tiempos remotos los seres humanos han tenido preocupación ante las enfermedades y las lesiones; es una proeza de los que se han dedicado al cuidado de la vida y a la lucha contra las afecciones, los avances que se han producido, en todas las ramas del saber científico-médico; esta entrega y esfuerzo han producido un aumento considerable de las expectativas de vida y de los recursos para combatir el dolor y las enfermedades que, no hace muchas décadas, producían miles, y hasta millones de muertes por epidemias y otras causas.

Pero mientras los investigadores alcanzan nuevas metas para el mejoramiento de las condiciones de vida de los seres humanos, las condiciones socio-económicas, el estrés, las carencias, la pobreza y otros factores se han constituido en amenazas. Y, paradójicamente, los médicos y otros servidores del sector salud, cada vez más nos hemos hundido en el lodazal de estas penurias. En Venezuela, esta lamentable situación ha llevado al empobrecimiento y pérdida de oportunidades en los individuos más jóvenes en los profesionales de casi todas las ramas, y los médicos, no hemos escapado a esta tendencia. Cada día se aleja más la posibilidad de adquirir una vivienda, de comprar un automóvil, de continuar el proceso de formación profesional (asistir a congresos, adquirir revistas y libros, de hacerse a equipos), de tener los medios para que nuestros hijos se eduquen apropiadamente, de ayudar a los padres que dependen de nosotros, etc. Y la razón de ello es que cada vez somos más pobres, tenemos menos poder adquisitivo, tenemos menos ánimo y muchas más frustraciones. Si bien tenemos mucho amor por la profesión médica y tenemos conciencia de lo útil que somos a la sociedad, especialmente a los enfermos, la situación económico-social propia, y de nuestros seres queridos, consecuencia directa de lo que se ha implantado en nuestro país, nos obliga a buscar soluciones, caminos alternos, para vivir como decentemente nos lo merecemos, nosotros y nuestros familiares. Causa profunda tristeza el encontrar a muchísimos profesionales emigrados, que han abandonado el país y están haciendo de mesoneros, de taxistas, de vigilantes, recepcionistas, y muchas otras cosas, teniendo un título universitario y hasta posgrados. En el caso de los médicos, son miles los que se han ido, mermando el capital humano de servidores de la salud, que deberían estar en nuestros hospitales aprendiendo más, enseñando a los más nuevos y sirviendo a los compatriotas que nos necesitan. Pero los gobernantes han despreciado, se han desentendido de esta grave situación. El mérito de las capacidades y el valor de la formación profesional se han despreciado, sin medir o considerar las consecuencias que ello acarreará al país. Actualmente, salvo pocas excepciones, todos los médicos que servimos en los hospitales y demás centros de salud, (es decir, en los hospitales públicos) tenemos un sueldo básico que está por debajo del salario mínimo. Ello parece un «mal sueño», un imposible, una cruel realidad, pero esa es la verdad actual en Venezuela. Muchos médicos talentosos, que entregan muchas horas diarias a atender y curar enfermos en nuestros hospitales, no ganan lo suficiente para satisfacer sus necesidades elementales; muchos viven «arrimados», porque no pueden pagar un alquiler y, no pocas veces, no tienen para satisfacer las compras del mercado, de los medicamentos que necesitan sus hijos y padres (mayores o enfermos).