¡Mis hijos nacieron con piscina!

0
40

Hoy en día la prosperidad de los países, y el bienestar de sus ciudadanos depende cada vez menos de sus recursos naturales, y cada vez más de un buen sistema educativo; o de la capacidad de sus habitantes de innovar y desarrollar tecnología, permitiendo dar valor agregado a las materias primas, y al mismo tiempo desarrollar innovaciones en aquellas áreas que dan ventajas competitivas.

Hace 50 años la agricultura y las materias primas representaban el 30% del producto bruto mundial; en la actualidad, según cifras del Banco Mundial, la agricultura apenas representa el 3%, la industria el 27%, y los servicios el 70%. Cada vez más pasamos, de una economía que se basaba en el trabajo manual, a una economía global sustentada en el trabajo mental.

Países que no tienen recursos naturales o que poseen muy pocos, como Singapur, Taiwán, Luxemburgo, etc., logran una renta per cápita y un bienestar social muy superior a países como el nuestro o Nigeria, donde han sido afortunados con un territorio de recursos naturales como el petróleo, la minería, y otras materias primas.

Por otro lado, la inversión en investigación y desarrollo de los países latinoamericanos, según la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI), apenas es del 2.4% de la inversión total, traduciéndose en muy poco registro de patentes de nuevos inventos. Todo esto sin dejar de mencionar que el 63% de los graduados son egresados en carreras de ciencias sociales y humanidades; y solamente un 18% se gradúan en ingeniería y ciencias exactas.

La gran pregunta es: ¿Cómo lograr que esos países que tienen materias primas, no se vuelvan parásitos y dependientes de las mismas, y copien los modelos productivos de aquellos países que no las tenían?

Una de las variables (no la única) es la psicológica por el hecho de sentirnos ricos, creyendo que no tenemos que apelar al estudio, al esfuerzo y a la proactividad para poder desarrollar otras formas productivas.

“La necesidad agudiza el ingenio”, solía decirme mi madre. Generalmente, cuando los padres logran un buen nivel de riqueza, quieren darles a sus hijos aquello que ellos no tuvieron, y evitarles los sacrificios que ellos hicieron para llegar a donde llegaron; mermando en los hijos o inclusive anulando ese ímpetu, el deseo de surgir y de triunfar, que los llevó a donde llegaron.

“Carlos, es que mis hijos nacieron con piscina”, me suele decir un amigo, como para justificar la mucha motivación que tienen sus hijos para gastar, y la poca para producir. ¡Los países se asemejan a una familia en pequeño!, que comienza desde el mismo momento en que los hijos consumen miles de horas de estudio y preparación para lograr un futuro, a sabiendas de que es su único y posible camino. En cambio, los que tienen la posibilidad de que sus padres les paguen todo (incluyendo las mejores universidades), no sienten la necesidad de sacrificarse, porque al final: “papá se los da todo”.

El problema es cuando el papá se muera, y el hijo se haya “rumbeado” la fortuna, teniendo muchos vicios, poco dinero, escasa preparación, y poca experiencia para poder desarrollar nuevas fuentes de riqueza.

Debería ser una obsesión nacional, el incentivar la educación de calidad, haciendo énfasis en el área tecnológica y científica, para diversificar fuentes de ingresos, para ser competitivos e insertarse en la nueva economía del conocimiento, produciendo riqueza con nuestra riqueza, y que la misma sea un motor para crearla, y no para destruirla.