¡Perdidos en Caracas!

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Cuando vivía con mis padres, en la pensión de la zona del Cementerio; todos los domingos en la tarde, salíamos los tres a pasear. Algo muy típico en España; pero no recuerdo que fuese muy común en Venezuela, y no lograba entender por qué teníamos esa costumbre de caminar por la ciudad, cuando nosotros éramos gente de pueblo.

Uno de esos domingos, después de un par de horas caminando sin rumbo, con alguna parada obligatoria en algún parque que encontrábamos en el camino, y donde nos sentábamos callados contemplando todo y nada a la vez, emprendimos el regreso a casa. Estoy seguro de que mis padres pensaban en los cinco hijos que habían dejado en España.

De regreso a casa, como a los quince minutos mi mamá dio la primera alarma: «Creo que estamos perdidos». «No mujer, vamos bien», respondió mi padre, siempre con ese derecho a tener la razón en todo, que le daba su condición de hombre. Transcurridos otros quince minutos, de nuevo la frase de mi madre, y de nuevo la respuesta de mi padre; pero agregándole: «Tú si eres terca». Después de media hora finalmente dijo: «Creo que tienes razón Benita» .

Nos sentamos en un banquito, en una especie de parada de autobús, y nos quedamos en silencio, como si estuviésemos todavía en el parque. El silencio se rompió después de unos minutos por mi madre, con la normal pregunta: ¿Y ahora qué hacemos?

Ahí, me di cuenta que nosotros definitivamente no éramos de ciudad. Todo nos parecía igual, todos nos confundía. «Agarramos un taxi», propuse yo. La respuesta no encontró mayor acogida. Hoy entiendo el por qué: La idea de pasear los domingos era una forma de divertirse sin gastar dinero, y el hecho de agarrar un taxi, quizás representaba el alquiler de la habitación por una semana. ¡Pensamiento muy gallego el de mis padres, impulsado por la necesidad!

Después de descansar un rato, de nuevo nos dimos a la aventura de encontrar el regreso al hogar. Nada nos parecía familiar. «Nunca hemos pasado por aquí», decía a cada rato mi madre. Comenzaba a caer la noche, y veía la angustia reflejada en el rostro de mi padre. Él con cincuenta años, con su mujer y su hijo de 13 años, caminando por una zona insegura y anocheciendo. Seguramente pensaba que había sido un irresponsable y que en cualquier momento podía suceder lo inevitable: que nos robasen, y eso quizás podía ser lo menos grave.

De repente, vimos unos muchachos más adelante en la misma acera. Pasamos al lado de ellos y noté cómo los tres conteníamos la respiración. Se podía oler nuestro miedo. Ninguno de nosotros, se atrevió a mirarlos de frente. Yo, en ese momento estaba rezando en silencio. Estoy seguro de que mis padres también. Casi ni se dieron cuenta de nuestra presencia. Finalmente y después de unos minutos del susto visualizamos el Helicoide: «Ya sabemos dónde estamos», casi lo dijimos al unísono.

Llegamos cuando ya había anochecido, después de unos buenos kilómetros; pero estábamos felices de haber vuelto de nuevo a nuestro hogar. Mi madre inmediatamente se puso a preparar la cena: «huevos con patatas fritas», mientras tatareaba una canción. ¡Casi mereció la pena haberse perdido! Ya que como solía decirme ella: «Carlos, la luz se aprecia mucho más, cuando sales de la oscuridad». Hoy la recuerdo como si fuese ayer, y siento que una gran felicidad me invade.

¡Qué afortunado fui porque tuve un hogar, porque tuve unos padres! Porque aunque nos perdíamos de vez en cuando en la ciudad, nunca permitieron que me perdiese en la vida.

cdoradof@hotmail.com