Por una reconciliación que sirva

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Durante años hemos vivido bajo una lógica del poder basada en la polarización y el enfrentamiento. Como resultado hoy tenemos una sociedad absolutamente fracturada, enfrentada entre sí o indiferente frente a la realidad o el destino del otro. No es desacertado sostener que «pocas veces hemos enfrentado una coyuntura tan difícil y, lo peor, con tan pocos recursos para superarla». Sin embargo, la escasez de recursos materiales y morales no significa la imposibilidad de superar este momento nacional tan difícil y complejo.

La tarea de reconciliarnos es hoy más que nunca una prioridad para el país. Nos apremia construir un discurso y una lógica civil y democrática donde todo aquel que piensa distinto no sea visto como un enemigo o adversario. Donde podamos reconocernos mutuamente en nuestras diferencias, valores, aspiraciones y justos derechos. Donde podamos encontrarnos luchando por objetivos compartidos que busquen el «bien común», y no el de un partido o gobernante de turno. En este sentido debemos asumir nuestra ardua y larga tarea de crecer democráticamente como sociedad.

Hay quienes confunden la reconciliación con el indulto de las responsabilidades penales en materia de corrupción o derechos humanos. Evidentemente ningún proceso de reconciliación puede dejar detrás de sí a la justicia. Sería un contrasentido. De esta forma se terminaría beneficiando al victimario y silenciando a las víctimas y la injusticias cometidas. Algunos otros malentienden la reconciliación como una especie de «pacto» entre intereses partidistas o un simple juego de equilibrio de poder. De forma tal que termina siendo una herramienta política al servicio privado de los partidos políticos.

Para que la reconciliación sea efectiva no basta con la simple declaración del cese de las hostilidades o la liberación o resarcimiento de unas cuantas víctimas o personas que han sido víctimas de la lógica totalitaria vigente, expresada en la ocupación, el control y la dominación de lo «adverso» u «opuesto». La reconciliación debe ser el norte de todo un proceso de iniciativas personales, dinámicas sociales y estructuras institucionales que permitan discernir y exponer lo irracional de la «lógica vigente».

Nuestra crisis empezará a ser superada cuando logremos constatar como colectivo social lo irracional e infructífero que es el actual proceso de exclusión y discriminación sociopolítica. Debemos cambiar la mentalidad de quienes no reconocen a los otros en sus diferencias.

La reconciliación debe ser parte de un diseño de políticas socioeconómicas que transformen efectivamente los factores que fueron el caldo de cultivo y sirvieron como excusas para sembrar la rivalidad y el odio existentes. Un proceso de reconciliación que no favorezca la superación de las desigualdades sociales, es un proceso que está destinado al fracaso. Por ello, no hay que hacernos falsas expectativas a corto plazo porque la reconciliación, siendo la única vía para sanear a esta sociedad fracturada, es un largo camino a recorrer que requiere reconocer la pluralidad de visiones.

Ningún proceso de reconciliación puede darse a espaldas del pueblo. No es un pacto a puertas cerradas entre políticos. Se necesita de la participación de todos.