¿Quién quiere un cambio?

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El mundo de la comunicación y de la publicidad lo sabe muy bien: ¡Todo lo que se quiera posicionar debe tener la palabra cambio! Incluso en las campañas políticas. «Si quiere un cambio, vote por fulanito», «Cámbiese al vehículo más tecnológico del mundo», «Cambie sus hábitos alimentarios, coma natural, pruebe este producto».

La palabra «cambio» está presente todos los días de nuestras vidas, disfrazada en miles de mensajes publicitarios buscando constantemente que uno cambie de carro, de champú, de bebida; y en general todo lo que consumimos; porque supuestamente en estos cambios esta la solución a todos nuestros males, y el secreto de nuestra felicidad.
Pero el cambio más importante que una persona debería hacer es: ¡Cambiar él mismo! ¡Pero, no lo hacemos! Como solía decirme mi madre: «Carlos, todos queremos ir al cielo, pero nadie quiere morirse». Cambiar uno, es mucho más complicado que cambiar de producto, y requiere muchísimo más esfuerzo y convicción para lograrlo; ya que hay que entablar una durísima lucha contra lo establecido, contra lo que es normal, contra lo que hace todo el mundo; y sobretodo contra uno mismo, hasta lograr ser un ejemplo del ejemplo.
Cambiar requiere de mucha valentía, de mucha personalidad, y una firme convicción de lo que es correcto e incorrecto. ¡Hasta diría que es un acto bien revolucionario! Ya que hay que abandonar el hábito de echarle la culpa a los demás, las quejas de todo lo que no nos agrada, las excusas para justificar lo que no logramos; y abrazar al cien por ciento la responsabilidad de nuestra propia vida, de nuestros actos, de nuestro tiempo, de nuestro esfuerzo, y de nuestros principios, para ir así fortaleciendo cada día nuestras propias convicciones.
Todos tenemos metas, sueños, objetivos, propósitos; pero: ¿qué hacemos para lograrlas? ¿Estamos dispuestos a hacer los cambios necesarios en nosotros primero? ¿O esperamos que los demás cambien, para cambiar nosotros? A veces, llegamos al ridículo de querer que nuestros hijos cambien; pero no queremos cambiar nosotros. ¡Al final del camino, terminamos siendo lo que hacemos, y lo que hacemos es lo que somos!
Nadie puede cambiar el pasado; pero hoy todos estamos haciendo el futuro, y es en lo único donde tenemos cierto poder; y quizás muchas de las cosas que hicimos no fueron correctas, pero eso no justifica que nos abandonemos y abandonemos el futuro.
Las sociedades, que no cuentan con ejemplos que resalten valores y principios positivos a través de muchos individuos que las integran, y con un sistema jurídico que castigue a aquellos que los transgreden, están irremediablemente condenadas a construir individuos donde cada generación van cambiando. Pero desafortunadamente para peor. ¡Los individuos también!
¡La realidad por cruda que parezca, es que nadie cambiará tu vida, si no lo haces tú!, y pretender obtener resultados diferentes, haciendo siempre lo mismo es una utopía. Desde la más remota antigüedad, la historia de la humanidad nos enseña que la verdadera libertad del hombre es cuando tiene la firme voluntad de ir cambiando cada día, para construirse un futuro mejor para él; y del cual termina beneficiándose toda la sociedad.
En la vida, tenemos que renunciar a una parte de lo que somos para llegar a ser lo que de verdad podemos ser. El cambio no resulta gratuito, desde luego, y únicamente nos alimenta si nos dirige a la transformación.
¡Hay que ser valiente y atreverse a cambiar uno, el éxito sólo se logra así!