Sesos Voladores

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El nombre completo del presente artículo es «Sesos Voladores: A mi hijo lo asesino el odio», título que aterradoramente esclarece como en nuestro hermoso país, la pobreza y el desastre extinguen la vida humana. La supervivencia hoy es más que una estrategia, una necesidad. Por ello, los talentos vuelan itinerantes hacia senderos diferenciales, por lares donde consideran que pueden ser mejor tratados. La emigración de profesionales talentosos y preparados ha caracterizado los últimos 15 años de vida en Venezuela. Este personal calificado desplaza su sesudez hacia Norteamérica, Europa, entre otros; lugares donde exista libertad para vivir, tanto como justicia, igualdad ante la ley y, en última instancia, espacios para la vida idóneos para ser felices en compañía de los seres queridos. La melancolía y el recuerdo es lo que los sesudos nos dejan en su partida. Hay partidas dolorosas, donde se avinagra el alma con el adiós.
Pero no es por ellos que escribiré. El que se fue ya no hace falta, hace falta el que vendrá y se quedó para la brega. Escribo este artículo con amargura, como salida a la pena y la frustración. Escribo como la madre que pierde al hijo querido, con la impotencia en el alma y la tristeza honda que te hace otra persona, para bien o para mal, con la poca vida que te dejan después que te asesinan el hijo en medio de la calle. Escribo con la lágrima enjuagando el teclado de la computadora y el dolor en la boca del estómago que contiene el alarido de dolor y de rabia. Escribo con la nostalgia de la madre ante todos los hijos asesinados de la patria. Con el sin sentido de no saber qué decir, ni que hacer después que se te explotó el alma. Con la noche amanecida en la mente para siempre. Con la muerte acompañando el resto de los trozos de triste vida que no se rearmaran nunca jamás. Escribo sin palabras, con la locura de la pena como tinta, con la vida destrozada. Así escribo hoy.
El asqueroso asesinato del liceísta Kluiberth Ferney Roa Nunes, atacado con saña y de manera desproporcionada, acorralado el barrio San Carlos del Estado Táchira es uno de esos momentos despreciables de la historia de Venezuela, imposibles de olvidar. Sin sesos y sin palabras en la macabra escena. Estos son los eventos donde sería bueno pensar en la pena de muerte en Venezuela y repetirles a los mandamases poderosos, despacito, en la base de la orejita «no se equivoquen», así con el mismo tonito de amenaza y con la lengua haciendo de guillotina. Pues al estudiante no lo mató solo la bala que le sacó los sesos, ni la mano que empuño el arma asesina, ni el comando que dio la orden de batida, ni el gerente que resguarda el orden público. Él, fue una víctima más, entre muchas otras, de un país de demonios que durante años ha sido escenario de todo tipo de guerras: psicológicas y entre hermanos, máxima depresión humana y puerta para la pobreza y la opresión.
La muerte siempre deja ese vacío en la mente y en el alma. Ruego que la Virgen de la Coromoto, Patrona de Venezuela le otorgue a esa madre andina la resignación y el consuelo para llevar su pena, así como a sus acompañantes. A ella, sentido pésame madre y fortaleza para que sobrelleve la pena y a ti, amigo Kluiberth Ferney Roa, seguro Dios requería un ángel que lo ayudara a liberar a Venezuela de sus cadenas y quizás ese puedas ser tú. Que Dios te ilumine y desde donde estés nos ayudes para seguir sobrellevando el horror de tu perdida.