Susana tiene un secreto

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En su novela Oficina No.1, Miguel Otero Silva narra amenos episodios de la metamorfosis social y económica que sacudió las sabanas de oriente por la incursión de las compañías que llegaban con cabrias y taladros petroleros a finales de los años treinta. Deliciosos relatos de cómo se entretejían seres de la más diversa extracción geográfica y cultural en aquella nueva armazón social.

En una de las casas que servían de emancipación nocturna a obreros venezolanos y a expatriados gringos, una de las hetairas del lugar, una francesa, llamada Susana, ingeniosa en su oficio, se publicitaba con un lema: Susana tiene un secreto. Esta intrigante frase le produjo tanto beneficio que llegó a hacerse dueña del negocio. Orgullosa de su éxito, colocó su lema en un llamativo aviso en la fachada de la casa, alumbrado con luz de neón y en dos colores: Susana en rojo y tiene un secreto en verde.

Hoy leemos de otra Susana que, al igual que la francesa, también podría expresar que tiene un secreto, que como a la hetaira de la novela, seguramente le traerá importantes beneficios. Una sola diferencia: en su narración, Otero Silva, pudoroso, no se atrevió a revelar cuál era dicho secreto; el de la Susana de hoy es ostentosamente conocido por todos y podría hasta anunciarse en un aviso de neón. En verde: la absolución del hermano de un jerarca del régimen, directivo de bancos, acusado de apropiación indebida de fondos públicos y aprobación indebida de créditos. En rojo: la condena a casi catorce años de prisión a un joven líder democrático por encabezar una protesta ciudadana, sin pruebas para tipificar un delito merecedor de tan infame condena. Otra diferencia en las historias: la Susana francesa llegó a Oriente a ejercer su oficio por su propia iniciativa, siguiendo cabrias y taladros, la de ahora, fue escogida para ejercer el suyo, como reemplazo de una jueza grotescamente destituida y condenada por un perturbado mandón.