Vanessa Senior en Farmatodo

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Por muchas vías me llegó el video de Vanessa Senior protestando en Farmatodo por no poder comprar cuatro tubos de pasta de dientes en vez de dos.

Todas las veces que me llegó, las personas la apoyaban con comentarios de «así se habla», «¡qué bien dicho!», «hacen falta más personas así», «necesitamos más de esta actitud y no la pasividad y la pusilanimidad que muchos está demostrando»…

Me siento identificada con el fondo de la protesta de Vanessa. Me siento identificada con su rabia. Me siento identificada con su desazón. Es increíble que en un país petrolero hayamos llegado a estos niveles de racionamiento y escasez y que bajemos la cabeza y lo aceptemos como algo normal. Como ella, creo que hay que quejarse. Aceptar como normal lo que no es normal es una manera de adaptarse al caos. De resignarse. La desesperanza aprendida es lo peor que puede pasarle a un pueblo, porque termina aceptando todo. Y cuando digo «todo», significa «todo». Ahí está Corea del Norte donde el monstruo que manda decide hasta los cortes de pelo que les permite a sus mandados. ¿Que no vamos a llegar a eso? ¡Ya hemos llegado –y aceptado- a muchas cosas que jamás pensamos que sucederían en Venezuela!

Sin embargo, no puedo sentirme identificada con la forma de la protesta de Vanessa y menos hacia quienes la dirigió. Ella literalmente apabulló a la cajera y a la encargada del Farmatodo donde estaba, quienes por cierto dieron una muestra de autocontrol y educación dignas de alabar. ¿Acaso son ellas las culpables de la situación? ¡Son empleadas que dignamente ejercían sus funciones! Lo más seguro es que si pudieran, también gritarían a los cuatro vientos la indignación que produce el no poder comprar la cantidad de pastas de dientes que uno quiera, como hacía antes.

No es verdad, Vanessa, que por una caja se pueden pasar cuatro pastas de dientes a la vez. Ya la cadena de farmacias programó los límites que por cada compra tiene derecho cada ciudadano. Porque si no hacen eso, el gobierno puede llegar hasta a expropiarles las tiendas. Ya lo han hecho con otras cadenas y como anti-Midas, a todo lo que le han echado mano lo han vuelto leña. Y encima, han llegado a poner presos a sus directivos como «castigos ejemplarizantes» de lo que solo ellos tienen la culpa. Claro, tienen que buscar chivos expiatorios.

Vanessa, tal vez a ti te resulte muy fácil decir que «todos debemos protestar» sin ponerte en los zapatos del otro. Quienes dependen de sus sueldos para vivir tienen muy poco margen de queja. Dejar un hogar sin un sueldo es cosa de meditarla más de dos veces. ¿Que es una perversidad del gobierno? ¡Ciertamente lo es! Pero no creo justo acosar a unas empleadas para manifestar la ira y la desazón que produce una situación de la que ellas también son víctimas (y quizás hasta se sintieron identificadas con la queja).

El gobierno ha sido un experto en eso de tratar de anular las protestas. En las empresas donde tienen manipulados a los sindicatos les hacen saber a los obreros que si no se pliegan a sus órdenes, les van a quitar todas las misiones, prebendas y promesas futuras, amén de que se cerciorarán de que quienes no acaten sus decisiones, no vuelvan a emplearse. Es muy cuesta arriba enfrentársele de frente a un régimen que tiene secuestrados todos los poderes y los usa para chantajear.

Pero por fortuna protestar no es solamente armar un escándalo en una tienda y decir todas las groserías que a uno se le pasen por la cabeza. Protestar puede ser, por ejemplo, convencer a algún indeciso de ir a votar. Llevar a votar a unos ancianos que desean hacerlo, pero que no tienen cómo movilizarse. Aprovechar las colas para hacer proselitismo político.

Esa rabia que sientes, Vanessa, te aseguro que la sentimos todos. Redirecciónala hacia los causantes. Si se volvió viral tu protesta en Farmatodo, imagínate el éxito que tendrás si la haces en Miraflores…

@cjaimesb